El ‘mockumentary’ o falso documental es un género cinematográfico en el que la verdad y la mentira se disfrazan de manera tan sutil que uno no sabe qué hay de cierto en todo ello. Bajo la técnica narrativa de un documental, donde se da por hecho que lo que se cuenta es cierto, el ‘mockumentary’ se presenta como una grabación real y espontánea para analizar cuestiones de toda índole, generalmente basadas en la comedia. Es un tipo de cine que requiere que el espectador no sea mero observador y le pide que tenga una mirada propia y una capacidad crítica.
De acuerdo con estos parámetros y en un vistazo rápido y despreocupado, I’m still here, la película que aquí nos ocupa, bien podría ser considerada como un ‘mockumentary’. Sin embargo, en el film dirigido por Casey Affleck, la frontera entre lo falso y lo verdadero es tan fina que se confunde y, por consiguiente, acaba desorientando al espectador. La ambigüedad de lo que muestra es la principal baza de la película, esa fina línea en la que no hay nada claro, en la que nadie puede demostrar la autenticidad de las intenciones. Pero vayamos por partes.
En marzo de 2008, el actor Joaquin Phoenix anunció en una improvisada entrevista a pie de calle que dejaba definitivamente el mundo de la actuación para iniciar una carrera como cantante de Hip Hop. Casey Affleck, cuñado del actor, se encargaría de llevar una cámara para registrar el día a día de las vicisitudes del actor con aspiraciones musicales, en lo que se iba a convertir en la primera película como director del intérprete nacido en Boston y hermano del oscarizado Ben Affleck.
En un primer momento el camino parece fácil: estrella consagrada en Hollywood busca importante productor para relanzar carrera musical. Pero en ese camino hay algo que no funciona, algo que no acaba de encajar bien y termina por convertirse en el particular viaje a los infiernos de otra estrella más, que se apaga en los oscuros pasillos de la megalomanía.
En estos días de telerealidad, donde lo más importante no es lo que haces sino lo que los otros son capaces de ver en tu intimidad, donde Operación Triunfo o Gran Hermano han tomado los mandos de los nuevos géneros televisivos, donde encumbramos personajes como Paris Hilton o Kim Kardashian, cuyos logros más importantes han sido colgar en internet los vídeos de sus escarceos más lujuriosos, I’m still here se queda a mitad de camino de todo ello dotando a la película de una pseudointelectualidad (por quiénes están detrás del proyecto) y una crítica explícita al mundo del espectáculo en el que las apariencias están por encima de los sentimientos y en el que los actores son simples comparsas de un negocio (cinematográfico y televisivo) cada vez más rentable y con menos escrúpulos. Pero las tornas se han vuelto en su contra. Ya se sabe que Hollywood es algo infranqueable: o estás de su parte o, directamente, no existes.
Lo cierto de todo esto es que el actor se sentía como un pelele en una profesión donde la creatividad artística es poco correspondida y donde otros (ya sea el director, el guionista, etc.) se llevan todos los focos de atención, como asegura Phoenix en un momento de la película en un intento de hacerse explicar por su atrevida decisión.
Si es cierto o no que el actor dejó el cine voluntariamente para empezar una carrera como cantante de rap sólo el futuro lo dirá. Sin embargo, a día de hoy, Joaquin Phoenix, aún no ha sacado ningún disco al mercado. Y tampoco se le conoce proyecto cinematográfico alguno en preparación, con lo que la hipótesis que muestra la película, aún no se ha contradicho y es, en este sentido, un error pensar que es un falso documental, al menos, hasta que se demuestre lo contrario.
Y es en este punto donde se sustenta toda la película. Esa ambigüedad a la que hacía referencia unas líneas más arriba. Casey Affleck, que debuta en la dirección con este film, carece de recursos para llevar el peso de esa premisa a buen puerto y su crítica hacia los tentáculos de Hollywood se queda en eso, en una premisa. Pues la conclusión del filme, tantas veces vista y explotada, en la que la recuperación de la infancia es el contrapunto a un mundo que no acabamos de comprender queda tan vacía de contenido como carente de sentido en la totalidad de la obra. Nos viene a decir algo así como que da igual hasta dónde seas capaz de meter la pata de fondo, siempre te quedará el punto de inicio, ese lugar donde la felicidad viene dada por la despreocupación de la edad y no por los logros alcanzados.
El problema de Casey Affleck con la película es que se deja llevar por completo por la capacidad actoral de Joaquin Phoenix, dejando a este todo el peso de la película, creyendo que con poner la cámara aquí y allá, mostrando conversaciones tópicas y anodinas, reflejará una realidad tal cual es. La película se retroalimenta a sí misma, convirtiéndola en un ejercicio de metalenguaje que no acaba de funcionar. Aprovechando el boom que supone que una estrella de la talla de Joaquin Phoenix anuncie su pronta retirada del cine, utilizan el filón en los medios para mostrar la incomprensión de alguien que empezó a caminar solo hace ya algún tiempo.
Particularmente, y a riesgo de parecer el hipster que no soy, la película de Casey Affleck prometía tanto que encumbré fácilmente el filme hasta ver el resultado, dándome de bruces con algo que podría haber sido mucho más de lo que es, y acaba por convertirse en otro viaje más a los infiernos, donde las drogas, la escatología y el sexo, se confunden con la idea mística de encontrarse a sí mismo.
Hay quien asegura que con esta película Joaquin Phoenix ha cavado su propia tumba, que será difícil volver a creer en un actor como él. Otros son de la opinión que el mejor trabajo de Phoenix hasta la fecha ha sido sin lugar a dudas la caracterización de JP (nombre artístico elegido para dedicarse al rap).
‘Quien al perder alguna cosa lo pierde todo ha puesto sin duda su corazón en el lugar equivocado’, dijo Ray Loriga en algún lugar, alguna vez. Las consecuencias del atrevimiento de Casey Affleck y Joaquin Phoenix son impredecibles. Sin embargo, una película con esa premisa y un resultado así es como una madrileño recorriendo 600 kilómetros hasta Benidorm para mojarse únicamente los pies. Y es que en esta vida o vas a saco o mejor no intentes hacer la guerra con matasuegras y malos modales.


