Tadanobu Asano. Escribo el nombre ya, que no quiero olvidarme.
‘Mongol’ es, cinematográficamente, un intento de volver a la épica, a la aventura. Coproducido por varios países de Europa del Este y Germania, también es un intento de restituir la figura histórica de Temujin, el mongol que unificó los clanes de la estepa y se convirtió en Gengis Khan (Príncipe Universal), conquistando un vasto Imperio desde Europa Central hasta el sur de Asia.
Sobre el Gran Khan no se conoce mucho, algo lógico si tenemos en cuenta que aquí siempre hemos barrido hacia la Historia de Occidente, que es donde vivimos. En Asia, Rusia y Europa del Este es un mito, y su figura ha dado mucho que hablar. Yo lo conocí por El Capitán Trueno (¿para cuándo esa adaptación, Julio?); en un episodio luchan los dos, pero éste no es el típico enemigo del Capitán. Víctor Mora y esa gente le dan un estatus de gran caudillo y de rival digno del héroe español, combatiendo de tú a tú hasta el agotamiento mútuo. Tengo esa imagen metida en mi cabeza desde niño, por lo que fue un placer volver después de tanto tiempo a recordar las andanzas del joven Temujin, convertido posteriormente y tras mil perrerías en el mismísimo Gengis Khan.
Con alguna biografía por ahí, y una adaptación a cargo de Henry Levin en el Hollywood de los 60 (con el gran Stephen Boyd haciendo de Temujin y Omar Shariff dándose algún que otro garbiño), fuimos tirando hasta finales de este 2008. Mirando la cartelera creí ver ‘Mongol’ escrito, y pensé en alguna peli chorras de estas teen, pudiendo hacer un mal uso de esa palabra o una burla tonta (insultar llamando ‘mongolo’ a tu oponente sigue vigente). Pero no, resulta que volvía el gran conquistador de las estepas.
Debo reconocer que no las tenía todas, ¿sería la típica superproducción europea, que chirría más que afina? El tío del poster me era familiar, pero lo dejé ahí. Ahora, con el DVD, no he dudado ni un segundo. Ha salido a la superfície de mi reserva mental particular, y por todo lo alto. ‘Mongol’ es un espectáculo visual-sensorial increíble (hay que creer), digno de los antiguos films de época. Y es que ver caballos por ahí galopando, entre superfícies enormes de terreno (que si estepas, dunas del Gobi, verdes prados, etc.), siempre con el ojo de la guerra presente, es toda una delicia. Y si además le añadimos un actor tan carismático como Tadanobu Asano (el tío del poster), el japonés errante (el ronin de Zatoichi), nos hallamos ante un cóctel muy apetecible. En un momento en que el séptimo arte es una auténtica guadaña, en que siempre andamos quejándonos sobre el mal cine, las copias y las pocas ideas, ‘Mongol’ se alza majestuosa por encima de cualquier convención para regalarnos dos horas de disfrute para los sentidos (si consigues meterte en el rollo).

Cosas que chirrían: el ritmo del film carece de una linealidad ‘justa’, cosa que, a ojos europeos, molesta un poco. En algún sitio he leído que en realidad es una trilogía, pero eso no la excusa (por buscar cosas que no encajan del todo). La historia abarca desde el Temujin niño hasta su conversión en Gran Khan; es, sobretodo, en esta última parte que notamos algo raro. El tío se va por ahí diciendo: ‘tengo algo que hacer, es mi destino’, o algo del palo, para en la escena siguiente volver con un megaejército con sus mil estandartes creados de la nada. No sé si es cosa del montaje o las prisas (ya bordeaba las dos horas en ese momento), pero ahí queda.
Vuelvo a postrarme sobre el rodaje en sus magníficos parajes y exteriores, un jodido espectáculo (me hace pensar un poco en la grandilocuencia de The Fall), se agradece un campo visual tan amplio. En cuanto a lo escrito, puede que haya partes del guión que se pretendan inflar demasiado (en plan flipada mitológica algo vacía o fuera de época), sobretodo cuando hablan los rivales del Khan, pero también se descubren otras muy jugosas como el papel de la mujer ante el hombre y su rol netamente familiar (doméstico) y claramente sumiso. En un economía de guerra y nómada, cada uno tiene sus funciones asignadas, y de ahí no se puede salir si no se quiere poner en peligro la supervivencia del clan (imagina las estepas, el frío invierno, el desierto… joder!).
Las batallas están muy bien, no hay grandes artificios, y recuerdan mucho a las de Zatoichi, con cortes secos y directos y la misma sangre salpicando. Otro elemento distorsionador, o más bien gracioso, es el hecho de ver el Temujin niño y el hijo de Temujin (te has liado?) y comprobar que son el mismo actor-niño. Sólo que al segundo le maquillan la peca de la cara… Cosas de europeos o puede que de una economía cinematográfica un tanto… económica. Un último ‘pero’: las uñas del protagonista. El tío se pasa toda le peli dando tumbos, encarcelado y puteado mil, mientras que sus uñas no se ennegrecen lo más mínimo.
Aún y con eso, el film se acerca bastante a lo que pretendemos encontrar cuando vamos al cine o nos ponemos una peli, es decir, que tenga ‘algo’; pedimos que sea todo lo coherente que pueda (no una coherencia total, tan difícil y quimérico hoy) y que tenga un cierto sentido. No es la típica superproducción de Hollywood (el director es un ruso, Sergei Bodrov, que también firma el guión junto con Arif Aliyev) apestosa y acicalada, pero tampoco es un peliculón del copón. Huele a ‘Europa’ (cine europeo), y eso suele bastar hoy en día, un poco como Enemigo a las Puertas o cosas así (tampoco me viene ninguna otra a la testa ahora), intentando alejarse del peligro norteamericano de parecer (y perecer) una pantomima, pero bordeando, del mismo modo, las convenciones que han llevado a ver palidecer este precioso arte (por ser la tendencia impaciente y dominante actual).
Para fans de la épica un pelín condescendientes y amantes de la naturaleza que se puedan teletransportar al nomadismo del mundo mongol de ese medievo tan desconocido. Lo mejor: Gengis Khan-Tadanobu Asano (menuda presencia tiene este tío) y los paisajes. Lo peor: ciertos cortes súbitos o alguna prisa hacia el final del metraje. Que no te metas en el papel.