navidades judías: ben-hur al rescate

Judíos y moros unidos contra el yugo del Imperio, quién lo diría…

Después de un largo impasse producto de cierto periodo oscuro (o frío mejor), regresa el mundo del cine a esta bitácora, amici miei;

el festival de cine de Manresa y su peste a cuero provinciano queda lejos, tanto como la acreditación que nos dieron (“dónde andará”)…

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Ben-Hur. Judah Ben-Hur, ese gran hombre. Qué gran película, joder… ¿Qué sería de unas navidades sin Charlton Heston? Los Diez Mandamientos y Ben-Hur nunca me fallan en esas épocas, y siempre logro mantener esa misma emoción desadultizada como si fuera la primera vez y oyera a mi madre desde mi habitación, mientras hacía la comida, y Rambo pegaba sus tiros desobedeciendo órdenes (mira que decirle a Johhny que sólo tenía que sacar fotografías de la zona en conflicto…), o el mismísimo Dios se le aparecía al Mesías, que bajaba del monte 30 años más viejo, con una flipada encima del carajo y esa mirada perdida tipo “Martyrs”… Alabado sea el Señor.

Charlton Heston es un mito del cine. No es que uno crezca con él (como con Stallone), es que, simplemente, siempre ha estado ahí. Lamentablemente ha pasado a la historia como el viejo chocho racista, casi fusil en mano, que entrevista el cabrón aprovechado de Michael Moore en su famoso documental, “Bowling for Columbine”. El tío ya ni sabía lo que decía; aunque sea cierto que su ideología era más bien discutible, no se le puede hacer una faena así a un tipo como ese. Es americano de los de azules vs grises, norte-sur, esclavismo o libertad, y ya sabes de qué grupo haría recolectas. De todas formas, Moore sólo consigue sacarle los colores por una decena de años a lo sumo, ya que la increíble trayectoria cinematográfica del ser en cuestión, a la larga tiene que sustituir -o relevar a la categoría de simple anécdota- su más que discutible proceder como ser mundano y terrenal. Si no que se metan con John Wayne, que seguro que encuentran mucha más mierda…

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Sí, porque el cine tiene que superar o apositar esas barreras; “apositar” de apósitos, aunque si pasara por encima del tema de los judíos y su eterna reclamación de la tierra prometida, más de un disgusto te llevaría;

de ahí al principio: judíos y moros unidos contra el poderoso Imperio Romano, es el comentario del sultán o jefe árabe (desconozco el término y no lo recuerdo) que le da las riendas de sus magníficos caballos blancos a Judah, para llevar a cabo éste su venganza contra Messala, el nazi de la peli (un apasionado Stephen Boyd). Y así le damos una patada al convulso mundo actual, en el que los judíos se han convertido en el Imperio y los moros siguen siendo… moros (sin risa, pero es que lo de los proyectiles Qassam no tiene nombre).

Dejando de lado estas memeces, quiero pasearme por otras mejores y más cotillas aún; el momento de amor gay entre Ben-Hur y Messala. Digo “amor gay” para que quede claro eh, sin segundas líneas como lo del gordo Moore o lo de los moros. El reencuentro, las lanzas unidas donde se cruzan las tablas, y la contrariedad del contexto (a lo Brokeback Mountain), hacen de ese evidente amor un imposible; no puedo estar contigo porque yo soy judío y tú, romano imperialista de mierda, ocupas mi país, y esto nunca podría llegar a buen puerto porque Romeo y Julieta es muy, muy posterior… Messala es el macho (el que dirige) en esa relación, mientras que Ben-Hur es el que se deja, el pasivo. Las circunstancias harán que el tontín supla su pasividad apelando al orgullo de su pueblo y en honor a una venganza merecida por el triste final de su madre y hermana, y probablemente también por ese amor fallido como grieta inconcebible, todo unido en la figura de una misma persona, Messala. Éste combina un papel de malo malote amargado brutal, culminado con la escena final de la carrera de aurigas, vestido totalmente de negro y con un carruaje (o carro) traicionero a más no poder.

Y si Dios maquina, Jesús tiene su hueco de esplendor y máximo subidón en un par de escenas; nunca se le ve la cara -esto me gusta-, y es más en la primera que en lo último; en la primera le da agua al recién condenado a galeras Ben-Hur. Esto siempre me ha puesto la carne de gallina, es una imagen de pura bondad. La segunda aparición del hijo de Dios va ganando enteros a medida que la peli no sabe encontrar su final: ahí es ya “su” película, cuando Judah ya tiene su venganza (y parecía que pasaba del mismísimo hijo de Dios y de todo en lo que respecta al momento histórico que estaba viviendo) y William Wyler se hace la picha un lío (estaba de moda el tema con Los Diez Mandamientos y otras superproducciones de finales de los 50).

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Para acabar y si Dios quiere y no se ha enfadado aún (aunque a lo mejor con lo de los autobuses paganos ya tiene bastante), destaca en la épica Jack Hawkins, tribuno de Roma y salvador de Ben-Hur. Lástima que lo diluyen por ahí en el extenso metraje (que sí, sobra, sobra), porque es de lo mejor. Él y los primeros planos de las chicas, con esa megailuminación típica de la época dorada de Hollywood, la aparición como si nada del Rey Mago Baltazhar caminando por ahí como dice mi amigo Saúl, o el exabrupto racista del soldado romano en las termes (momento ultragay) hacia los árabes (con la posterior mirada asesina de uno del cortejo del jeque o reyezuelo o como se llame), apostando por Messala en la carrera de cuádrigas.

En suma, un film majestuoso para no perderse y disfrutar del gran Charlton Heston, el actor, y sus conexiones con el más allá cristiano; lo peor: el final. No sabe dónde va y se pierde en dogmatismos y flipadas católicas (imagino que acorde con la época, como decía antes). Lo mejor: Charlton Heston. Messala-Boyd, grande, grande. Su duelo, su amor, su triste final. La primera aparición de Jesús, dándole agua al judío. La música, que envuelve toda la peli en una áurea mística, que ya hace que sean 50 los años que hace que la podamos disfrutar.

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