El aullido del poeta

noviembre 9, 2011

En 1956, Allen Ginsberg, poeta y uno de los máximos representantes de la llamada Generación Beat, publicó un libro de poemas que tituló ‘Howl and other poems’ (Aullidos y otros poemas), en el que explicaba su visión del mundo en cuatro partes. Al poco de su publicación, a manos de una pequeña editorial de San Francsico, la obra fue prohibida por considerarse obscena, y se llevó a su editor, Lawrence Ferlinghetti, a los tribunales, acusado de promocionar obras de carácter obsceno y de poco o nulo valor literario.

El poemario de Ginsberg enseguida tuvo mucha repercusión mediática (como suele ocurrir con todo lo que se prohibe), y llegó a ser el símbolo de toda una generación que se revelaba contra el conservadurismo imperante de la época.

La película, que lleva por título el mismo que el poemario de Allen Ginsberg, dirigida a cuatro manos por Rob Epstein y Jeffrey Friedman (conocidos documentalistas en el ámbito de la homosexualidad), no es exactamente una biografía; no es realmente un documental; y solo vagamente una adaptación. De hecho, es una mezcla de todo ello.

A grandes rasgos, el argumento de la película es el juicio que se llevó a cabo en contra de la publicación del poemario de Ginsberg, intercalado con una entrevista, así como situaciones de la vida de cómo el poeta entra en contacto con Jack Kerouac y decide hacerse poeta o su relación con el que será su pareja, el también poeta Peter Orlovsky.

Cada palabra pronunciada en la película es parte del registro histórico, así nos lo hacen saber nada más empezar la proyección. El poema en sí mismo es la fuente principal, junto a una larga entrevista que Ginsberg dio en 1957 y también transcripciones de la corte del juicio por obscenidad contra Lawrence Ferlinghetti, editor de ‘Aullido y otros Poemas’.

No es de extrañar que Gus van Sant esté detrás de la producción ejecutiva. Conocido director de cine homosexual, ha llevado a la gran pantalla películas de temática gay, entre ellas ‘Mala noche’ (en castellano el original, 1986), ‘My own privat Idaho’ (Mi Idaho privado, 1991) o ‘Milk’ (Mi nombre es Harvey Milk, 2008), curiosamente, uno de los directores de ‘Howl’, Rob Epstein, dirigió en 1984 un documental sobre el mismo personaje, el primer político abiertamente homosexual que llegó a ser elegido para un cargo público en los Estados Unidos. Sin embargo, quedarse únicamente con la idea de que la película es otra película más de un homosexual que lucha contra el conservadurismo de la época, es no querer ver más allá de lo aparente.

La película se centra en el intenso e interminable debate de qué es arte y qué no lo es y, sobre todo, si es lícito usar en literatura cierto lenguaje malsonante pudiendo ser utilizado otro para explicar lo mismo (o algo parecido). Y lo hace de manera brillante, pues mezcla diferentes estilos, todos ellos con una personalidad única, que van desde el blanco y negro más visceral hasta unas sorprendentes animaciones que sirven de soporte a la potencia y sobriedad del poemario de Allen Ginsberg.

En un momento de la película él mismo contesta el porqué escribe de la manera que lo hace. No distingue entre lo que le explicaría a un amigo a lo que utilizaría para hablar con las musas. Al fin y al cabo, la literatura es aquello que nos permite ser libres, sin prejuicios, como cuando hablamos con un colega. Tal y como asegura Ginsberg, uno escribe de la manera en que uno es.

Las escenas del juicio donde se intenta esclarecer el asunto se convierte en una interminable pasarela de críticos literarios que juzgan, según sus intereses y, por supuesto, sus gustos, la obra de Ginsberg. Algunos con más acierto que otros, otros con mejores reflexiones y sin ideas preconcebidas con respecto al arte, y con un punto de ironía, que es la mejor arma para enfrentarse a un texto literario.

No es fácil meterse en un aspecto tan pantanoso de nuestra cultura y salir airoso. Juzgar a alguien por utilizar un lenguaje obsceno no tiene, en estos días, ningún sentido. Sin embargo, hoy se sigue manteniendo el debate en cuanto a qué es el arte. Y parece que va para largo.

No puedo (ni quiero) dejar pasar la oportunidad de hablar de la actuación de James Franco como Allen Ginsberg. Simplemente magnífica. El registro de Franco parece no tener límites y da la sensación de empatizar profundamente con el personaje, pues se lo hace suyo de principio a fin, creyéndote por momentos, que es el mismo Ginsberg quien habla, quien recita, quien escribe.

Los referentes de la película son bastante claros, a caso el más directo sea ‘The Wall’, dirigido por Alan Parker allá por 1982 y de una estructura casi idéntica a la película que aquí nos ocupa. De hecho, eso juega en su contra. Mientras que en ‘Howl’ son los poemas de Allen Ginsberg los que llevan la voz cantante y nos sumergen en el particular modo de ver el mundo de su creador, ayudado por unas espléndidas animaciones, en ‘The Wall’, Alan Parker hacía lo propio con la sugerente música del grupo británico de Pink Floyd, adaptando uno de los mejores discos de la banda y todo un referente musical desde su aparición a finales de la década de los setenta del siglo pasado. Quien ha visto ‘The Wall’ es imposible que no le venga a la mente sus imágenes mientras mira ‘Howl’. Y ya se sabe (o al menos, eso se suele decir) que las comparaciones son odiosas. Sin embargo, mientras que en ‘The Wall’ se retrata la locura del artista, en ‘Howl’ es la lucidez su razón de ser.

Si alguien me preguntara por qué debería ver esta película, le contestaría que no hay ningún motivo para no hacerlo.


Réquiem por un actor atrevido

noviembre 9, 2011

El ‘mockumentary’ o falso documental es un género cinematográfico en el que la verdad y la mentira se disfrazan de manera tan sutil que uno no sabe qué hay de cierto en todo ello. Bajo la técnica narrativa de un documental, donde se da por hecho que lo que se cuenta es cierto, el ‘mockumentary’ se presenta como una grabación real y espontánea para analizar cuestiones de toda índole, generalmente basadas en la comedia. Es un tipo de cine que requiere que el espectador no sea mero observador y le pide que tenga una mirada propia y una capacidad crítica.

De acuerdo con estos parámetros y en un vistazo rápido y despreocupado, I’m still here, la película que aquí nos ocupa, bien podría ser considerada como un ‘mockumentary’. Sin embargo, en el film dirigido por Casey Affleck, la frontera entre lo falso y lo verdadero es tan fina que se confunde y, por consiguiente, acaba desorientando al espectador. La ambigüedad de lo que muestra es la principal baza de la película, esa fina línea en la que no hay nada claro, en la que nadie puede demostrar la autenticidad de las intenciones. Pero vayamos por partes.

En marzo de 2008, el actor Joaquin Phoenix anunció en una improvisada entrevista a pie de calle que dejaba definitivamente el mundo de la actuación para iniciar una carrera como cantante de Hip Hop. Casey Affleck, cuñado del actor, se encargaría de llevar una cámara para registrar el día a día de las vicisitudes del actor con aspiraciones musicales, en lo que se iba a convertir en la primera película como director del intérprete nacido en Boston y hermano del oscarizado Ben Affleck.

En un primer momento el camino parece fácil: estrella consagrada en Hollywood busca importante productor para relanzar carrera musical. Pero en ese camino hay algo que no funciona, algo que no acaba de encajar bien y termina por convertirse en el particular viaje a los infiernos de otra estrella más, que se apaga en los oscuros pasillos de la megalomanía.

En estos días de telerealidad, donde lo más importante no es lo que haces sino lo que los otros son capaces de ver en tu intimidad, donde Operación Triunfo o Gran Hermano han tomado los mandos de los nuevos géneros televisivos, donde encumbramos personajes como Paris Hilton o Kim Kardashian, cuyos logros más importantes han sido colgar en internet los vídeos de sus escarceos más lujuriosos, I’m still here se queda a mitad de camino de todo ello dotando a la película de una pseudointelectualidad (por quiénes están detrás del proyecto) y una crítica explícita al mundo del espectáculo en el que las apariencias están por encima de los sentimientos y en el que los actores son simples comparsas de un negocio (cinematográfico y televisivo) cada vez más rentable y con menos escrúpulos. Pero las tornas se han vuelto en su contra. Ya se sabe que Hollywood es algo infranqueable: o estás de su parte o, directamente, no existes.

Lo cierto de todo esto es que el actor se sentía como un pelele en una profesión donde la creatividad artística es poco correspondida y donde otros (ya sea el director, el guionista, etc.) se llevan todos los focos de atención, como asegura Phoenix en un momento de la película en un intento de hacerse explicar por su atrevida decisión.

Si es cierto o no que el actor dejó el cine voluntariamente para empezar una carrera como cantante de rap sólo el futuro lo dirá. Sin embargo, a día de hoy, Joaquin Phoenix, aún no ha sacado ningún disco al mercado. Y tampoco se le conoce proyecto cinematográfico alguno en preparación, con lo que la hipótesis que muestra la película, aún no se ha contradicho y es, en este sentido, un error pensar que es un falso documental, al menos, hasta que se demuestre lo contrario.

Y es en este punto donde se sustenta toda la película. Esa ambigüedad a la que hacía referencia unas líneas más arriba. Casey Affleck, que debuta en la dirección con este film, carece de recursos para llevar el peso de esa premisa a buen puerto y su crítica hacia los tentáculos de Hollywood se queda en eso, en una premisa. Pues la conclusión del filme, tantas veces vista y explotada, en la que la recuperación de la infancia es el contrapunto a un mundo que no acabamos de comprender queda tan vacía de contenido como carente de sentido en la totalidad de la obra. Nos viene a decir algo así como que da igual hasta dónde seas capaz de meter la pata de fondo, siempre te quedará el punto de inicio, ese lugar donde la felicidad viene dada por la despreocupación de la edad y no por los logros alcanzados.

El problema de Casey Affleck con la película es que se deja llevar por completo por la capacidad actoral de Joaquin Phoenix, dejando a este todo el peso de la película, creyendo que con poner la cámara aquí y allá, mostrando conversaciones tópicas y anodinas, reflejará una realidad tal cual es. La película se retroalimenta a sí misma, convirtiéndola en un ejercicio de metalenguaje que no acaba de funcionar. Aprovechando el boom que supone que una estrella de la talla de Joaquin Phoenix anuncie su pronta retirada del cine, utilizan el filón en los medios para mostrar la incomprensión de alguien que empezó a caminar solo hace ya algún tiempo.

Particularmente, y a riesgo de parecer el hipster que no soy, la película de Casey Affleck prometía tanto que encumbré fácilmente el filme hasta ver el resultado, dándome de bruces con algo que podría haber sido mucho más de lo que es, y acaba por convertirse en otro viaje más a los infiernos, donde las drogas, la escatología y el sexo, se confunden con la idea mística de encontrarse a sí mismo.

Hay quien asegura que con esta película Joaquin Phoenix ha cavado su propia tumba, que será difícil volver a creer en un actor como él. Otros son de la opinión que el mejor trabajo de Phoenix hasta la fecha ha sido sin lugar a dudas la caracterización de JP (nombre artístico elegido para dedicarse al rap).

‘Quien al perder alguna cosa lo pierde todo ha puesto sin duda su corazón en el lugar equivocado’, dijo Ray Loriga en algún lugar, alguna vez. Las consecuencias del atrevimiento de Casey Affleck y Joaquin Phoenix son impredecibles. Sin embargo, una película con esa premisa y un resultado así es como una madrileño recorriendo 600 kilómetros hasta Benidorm para mojarse únicamente los pies. Y es que en esta vida o vas a saco o mejor no intentes hacer la guerra con matasuegras y malos modales.

La vida dura


the town y la cara del primo Ben (éreo)

noviembre 6, 2010

Salimos de ver The Town, Ciudad de Ladrones (no me digas que no se han atrevido a doblar el título, que no me lo creo) con il solito Pasquin que, aunque haya dimitido hace tiempo de sus funciones para con este blog, todavía conserva las ganas de ir a Festivales por la gorra. Yo, que casi llegué a marginar esta bitácora, pienso del mismo modo y me pongo rápidamente manos a la obra. Y aunque hablemos del próximo Fecinema, al final y como siempre, todo queda en the town. En nuestro jodido pueblo, así que qué más da. Pero para pueblo, en verdad pienso y recogiendo el garbanzo, el de Ben Affleck (a nosotros menos nos da una piedra).

Viernes noche sin mucho que hacer y como una vieja costumbre bastante olvidada también, subimos al Bages Centre para comernos unos burritos y verle el jeto a nuestro antaño querido primo Benny (pero el de El Indomable eh, no otro, que con ésos crecimos) con unas cuantas chucherías en una mano. A los cinco minutos, estoy tan hinchado que no puedo ni darle un sorbo a la cerveza que no puedo ni sujetar con la otra.

El Señor Lobo, hombre en cultivo activo, la puso por las nubes (a The Town), pero no se lo voy a tener en cuenta (suele írsele la güey). Teniendo en cuenta la primera peli de Ben como director (Adiós, pequeña, adiós), esta no tenía porque pintar mal, debo decir decir. El único problema es que, en esta y puede que viendo el éxito de aquella, Affleck ha decidido tomar las riendas de TODO el proyecto. ¿Cómo se manifiesta eso? Con un absoluto abuso de su jeta en la pantalla. Con planos mil suyos. Con Ben por doquier. Hasta ha escrito el guión y todo (es famoso el sketch de Padre de Familia en que se le petan, con Damon escribiendo y él tirándose peos en el sofá en plan parias).

Sin embargo, no es una peli mala. Se deja ver. Son casi dos horas agradecidas, teniendo en cuenta lo que hay. Pero claro, son tantas las cosas que chirrían, que mejor me pongo a citarlas sin más y así acabo prontito esta entrada, que me quiero ir a dormir:

Heat. ¡El tío ha querido hacer la puta Heat! Pero en plan falsini, reducida y con unos vacíos más que alarmantes. Los personajes están ultra-desdibujados (incluso el suyo) y nada desarrollados, y la escena de la huída de uno de sus compinches es calcadita a la de Michael Cerrito-Tom Sizemore.

Es muy previsible en todos los sentidos. Para ser un film del siglo XXI de acción, carece de tralla. Le falta chicha. Los rifles de asalto no suenan tan a saco como los de Michael Mann… ¿por qué coño no se habrán fijado en eso?

Ya he resaltado la puta cara de Ben por todas partes con esa falta de expresividad tan característica (tú sólo mira las dos fotos que cuelgo, a ver qué opinas), o esa mono-expresividad, como quieras. Según Pasquin, la sala estaba llena de chicas, aunque yo pensaba que había perdido ese tirón taquillero de otrora (¿acaso lo tuvo?).

El rollo bostoniano. O irlandés, mejor dicho. Me mola. En serio, me mola ese rollo, pero no sé si es que quiere hacer una serie de pelis dedicadas a la historia del trébol y la Guiness o qué cojones… Atrezzo, vestuario, tatuajes y un sinfín de referencias al respecto un pelín cansinas.

Volviendo al tema de los actores, me pregunto por qué sale en los créditos Chris Cooper. ¿Para atraer a gente al cine? Pero… ¿a quién? Puede que conozca a tres o cuatro personas que sepan quién es, y una de ellas… soy yo (o Pasquin). Ah, claro, en EUA será diferente. De todas formas, no sale ni cinco minutos. Por no hablar de dos de los compinches de Affleck en el film… Increíble. Como digo, el resto del elenco está poco aprovechado -alarmantemente poco aprovechado-, aunque puede que tenga mucho que ver con ciertos tijeretazos en la sala de montaje. Don Draper no se lo merecía. El ritmo, en apariencia trepidante se ve negativamente influenciado por ello, y el resultado final me recuerda a tantos films que ya hemos visto, que no puedo decir que éste me haya aportado mucho más que una asqueada siesta un domingo de resaca radiado por Carrusel Deportivo (perdón, por Tiempo de Juego).

Lo mejor: los chándals de Ben y su colega, un recurso que nos encanta.

Lo peor: las putas caras de Ben Affleck… ¿Dónde coño está Casey? Que sea una mala copia de Heat.


Fecinema 1: the road to zombieland

noviembre 26, 2009

El primer día que fuimos al Fecinema, o sea el viernes, se saldó con dos pelis de lo más diferente: The Road y Zombieland. Dejo el divertimento de Zombieland para Pasquin, yo sólo quiero dedicarle unas líneas a The Road y al festival en sí.

Llegamos según lo previsto a las 19,30 al cine Atlàntida, y allí nos acreditamos. Este año las tarjetas son más endebles, pero el cartel es más chulo. Quisiera ponerlo por aquí, pero no encuentro ninguna foto en internet. Teníamos tiempo de sobra, así que fuimos a bebernos un par de cervezas antes de entrar al trago de The Road. No había leído apenas sobre el film; sabía, eso sí, que salía el gran Viggo Mortensen, y que había declarado que ésta era su última película (parece que se va a dedicar a sus otras artes más en serio de ahora en adelante). Sabía que estaba basada en un libro de Cormac (o Conrad para los amigos) McCarthy del mismo título. Antes de No es país para viejos no lo conocía ni su madre (o sea, sólo los frikis), aunque se ve que era lo más de lo más. Y si escribo era porque según leí en algún lado, The Road es un libro menor dentro de su habitual maestría. Yo no he leído nada de este señor ni creo que lo haga, porque con algunas páginas sueltas y un poco de cotilleo por internet ya he tenido bastante para saber que no es para mí (y no sólo porque sea demasiado yankee, en serio).

Yo llegué ya tocao a la sala (fueron 3 cervezas contando la lata que siempre acabamos entrando), no del todo preparado para lo que estábamos viendo. Pasquin me decía: venga tío, métete ya. Pero me costaba, y el argumento no ayudaba nada: en un mundo post-apocalíptico, el personaje de Viggo Mortensen se pasaba todo el metraje de la mano de su hijo (Kodi Smit-McPhee), intentando huir de los bad guys, camino hacia el sur. Eso en un contexto de invierno total, cosa que hacía bastante atrapante el momento. Por suerte, la peli no llegó a las dos horas y tuvimos tiempo de comernos nuestros bocatas y de bebernos un par de birras más, pero no fuimos a Las Vegas (lo digo por si alguna se acercó), nos quedamos cerquita, en el Pippers.

Lo que más me gustó del film es que en ningún momento te explica cómo hemos llegado al caos total, cómo la humanidad se ha convertido en una especie casi extinguida, y el hombre un lobo para él mismo. Esperas en vano toda la peli a que se diga algo al respecto, pero no hace ninguna falta. La fotografía también es un elemento a destacar, muy lograda, y como no, el papelón de Viggo Mortensen, uno más en su reciente larga lista de éxitos: no me resulta difícil pensar que probablemente vivió como un mendigo un par de meses antes de rodar. Apariciones secundarísimas de Charlize Theron (si no fuera por una escena determinada en que saca lo mejor de su partenaire), Charlie no hace surf (breve pero intensa), y un irreconocible Guy Pearce (¿para cuándo otro buen papel, amigo Guy?).

Lo mejor: la densa atmósfera del film y Viggo Mortensen.

Lo peor: que los bad guys no apreten más, el final, que no se nos bajó el cebollón y pudimos disfrutar de Zombieland.


Fecinema: vuelve el cine gratis a Manresa

noviembre 20, 2009

Y ya estamos otra vez, segundo año consecutivo en que daremos fe de nuestro festival de cine favorito, ese de nuestra jodida ciudad.

Pasquin y yo mismo estamos deseando empaparnos del olorcillo a cuero de las chaquetas de los guayones manresanos muertos de hambre típicos de estos eventos (los quiero y no puedo pero me compro un Mercedes igualmente), y de paso aprovechar para ver alguna peli que otra gratis. Al respecto de esto último, dar las gracias a la organización del festival por invitarnos (pese a la guadaña de blog que tenemos, imagino que es cuestión de sumar sin mucho filtro), en especial a Neus Artigas, que es la que cada año nos envía los mails de confirmación. Sí, porque el tradicional director del festival, Manel Quinto, pasa de nosotros como de la mierda. Esto no debería suponer ningún trauma si no fuera porque fue profesor nuestro en el instituto… supongo que el tiempo lo olvida todo. Algún día explicaré la anécdota de cómo le conocí.

Por lo demás, este es nuestro plan:

VIERNES 20:

siempre en el Atlàntida, The Road 20,15, Conrad McCarthy en baja forma, con el gran Viggo. 22,30 Zombieland, con el majete de Woody Harrelson. Entre pelis, si nos da tiempo, iremos a Las Vegas a comernos un bocadillo y un par de birras como manda la tradición, así que ya sabes: si ves a dos tíos de negro y con barba sentados en la barra, somos nosotros (si eres chica mejor).  Las chupas de cuero las dejamos para otro año pero. El sábado yo no podré pasarme, así que pregúntale a mi colega Pasquin, o mejor insístile para que se acerque y nos escriba algo por aquí.

DOMINGO 22:

17,15 Ricky, de François Ozon, el Almodóvar del cine francés según Wikipedia. 20h El Lazo Blanco, de Michael Haneke. Entre horas supongo que pasearemos, haremos alguna fotillo y nos tomaremos alguna cervecilla por ahí. Y poca cosa más, domingo hora de cenar en casa y adiós Fecinema 2009. Primeras críticas la semana que viene.

Así que ya sabes, aprovecha para visitar nuestro encantador pueblo (se ajusta mejor a la realidad este término), sobretodo ahora que no hace tanto frío (mínima 8º, máxima 23º), y disfruta de cierto localismo hecho cine por unos días. No prometemos ningún famosillo ni canapés tampoco, pero seguro que te lo puedes llegar a pasar bien.


¿Tú también, Quentin?

septiembre 22, 2009

Son las 23.29 del lunes 21 de septiembre, y acabamos de salir del cine con mi colega Pasquin.

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Es cierto que llevamos un tiempo sin escribir un carajo, pero créeme, esta no la podíamos dejar escapar. Hemos visto Inglorious Basterds, el nuevo film de Tarantino. Reconozco que mientras Pasquin no paraba de rajarlo, yo estaba sumido en un estado cercano a una grandísima apatía, casi sin poder articular palabra; tal vez una sobredosis de chuches, apetinas y arroz inflado fueran la causante de tal ensimismamiento, o tal vez no. Si esta última posibilidad fuese la que tendría en cuenta para esta vida, en este blog, sería debido sin duda al enésimo fiasco cinematográfico, a una nueva decepción.

Todos los directores que antaño idolatramos pululan hoy entre sombras, denostados por un espíritu crítico no deseado pero que sin duda señala la edad y el inexorable paso del tiempo. Michael Mann sería el presidente de este nefasto club, Scorsese su becario principal y David Fincher con Darren Aronofsky, los colegiales pizpiretos ansiosos por formar parte de él. Y no digo nada sobre Ridley, porque ni siquiera les traería los putos cafés a éstos. Pero no, no es culpa nuestra, son ellos mismos los que se han puesto la soga al cuello.

Muy probablemente estemos ante los 80 del siglo XXI (cinematográficamente hablando). La peor década de la historia del cine, sin ideas y con unos presupuestos desorbitados (decorados inflamados). Un envoltorio brillante inducido por las nuevas tecnologías y patrocinado por un consumismo exacerbado; resumiendo, cine para estúpidos. Pero como buen reflejo de la sociedad, éste no le iba a ir a la zaga, claro que no, y no escribo nada sobre politiqueo o ideologías. La nueva tiranía es la del dinero, lo remarco por si no lo sabías, aunque no pienso seguir por ahí.

Lo de los 80 también venía por una cancioncilla (creo que en algunos sitios aquí pondrían SPOILER) que mete el amigo Quentin mientras la rubia francesa trama su venganza. ¿A qué coño venía? ¿Era necesario? ¿Lo era también para aquella escena de Uma en el parking mientras intenta escapar del hospital en Kill Bill? Siguiendo con Bill, ¿por qué repite canciones en este nuevo film? Que yo recuerde ahora mismo, dos seguras. El papel de Julie Dreyfuss: el mismo (un memo diría “pero con matices”).  Actores: Brad Pitt hace lo que puede con el metraje que tiene, pero abusa de su mandíbula kleenexada a lo Marlon-Padrino. Los europeos mejor, sobretodo Cristoph Waltz, un Tim Roth alemán (debió ver Four Rooms bastantes veces).

En cuanto a escenas y actores, ya que salían estos dos nombres: el primer capítulo nos presenta al sádico coronel alemán “cazajudíos”, pero lo que sigue de peli no va en consonancia a los minutos que le dedica aquí (al final no resulta tan listo y cabrón, si no más bien un monologuista chisposo). Brad Pitt-Aldo Rein. Se nos enseña la cicatriz del cuello claramente, pero no hay ni una puta referencia a cómo se la hizo (imaginamos cosas que tienen las guerras), mientras que algunos de los bastardos reciben una atención especial (aunque luego mueran casi de repente, caso del desertor alemán-Marco Polo). Diane Krüger apenas tiene protagonismo y su papel parece un tesoro por el que valdrían la pena mil naufragios. Mélanie Laurent (la rubia francesa) parece forzada, pero su belleza gabacha lo compensa (sí, vale, hay que joderse).

Los diálogos son parte fuerte del aún joven director, ciertamente. Pues aquí, excepto el de la primera escena a la que hago referencia, ni rastro de ellos. Abusa de unas escenas larguísimas que otras veces le funcionaron (Pulp Fiction, por ejemplo), y que ahora ya ni sorprenden ni mucho menos aportan nada al contenido de lo que estamos viendo. El título debió de sonarle muy bien en su cabeza, porque los bastardos, desaparecidos en combate (nunca mejor dicho). ¿Por qué vendieron así la peli? El trailer habla de una sangrienta vendetta judía versus los nazis, protagonizada por estos zumbados. Nada que ver.

Una estructura por capítulos tiene que llevar a algún lugar, pero aquí sólo segrega y deslabaza el ritmo de un film que se eterniza durante más de dos horas y media. Cada personaje parece ir a su rollo y el espectador no sabe a qué atenerse (SPOILER como cuando en la escena final hay tres tramas paralelas que se aguantan con hilillos).ChristophWaltzIB_gallery_primary

Cosas buenas: pese a todo lo dicho, es cierto que es un film que huele a Tarantino, y tiene momentos y planos que muy pocos podrían hacer o cuanto menos, que le son característicos (escena “adoración a los pies femeninos” incluida). Aunque sé que también podría deberse a un “joder, una nueva peli de Quentin, seguro que va a pasar algo pero ya”, y resulta que llevamos dos horas de peli y seguimos esperando.  A ver, en positivo. El sentido del humor. Sólo así se explica la caracterización de Hitler (y Göbbels), que raya lo esperpéntico en el clímax final. También por la ambientación histórica, estilo libre total (¿toda la plana mayor del Reich acude a un estreno en París un mes después del desembarco de Normandía y ni una referencia al devenir de la guerra?). El momento de la taberna francesa… no, joder, no. Ni siquiera sabes quien muere, y el que muere te preguntas por qué, y es matar por matar y otra escena mega-larga… A estas horas de la noche no se me ocurre ninguna otra cosa buena más, así que voy a dejarlo ya.

Me jode, como decía Pasquin al salir del cine, que con el tiempo que ha tenido entre peli y peli, Tarantino no haya sabido crear algo nuevo. Parece que ha llegado a un punto en el que está demasiado pagado de sí mismo, o es que simplemente nadie se atreve a decirle “eh tío, espabila”. Siguió una evolución lógica hasta, si me apuras, Jackie Brown (como experto plagiador con su sello). Después sólo pajas y una preocupante sensación de repetición, como un grupo de música que ya no tiene nada más que decir después de llegar a la cima. Tipo Deftones tras el White Pony o Radiohead después del OK Computer: ¿víctimas de su propio éxito o puede que ya no den más de sí?  

No sé cuántas decepciones podremos aguantar más. Seguramente las series de TV tienen parte de culpa (ahí te das cuenta de que en menos de una hora se puede contar una historia bien), junto con el paso del tiempo, la caída de los mitos y tu propio camino personal. Per créeme, yo adoraba a Quentin. De hecho lo adoro, y puede que espere un resurgir, pero este es el precio que tiene que pagar por traicionarnos y descubrir la verdad. Sí, porque pagar, yo, para ir a verle al cine, me temo que pocas veces más.

Lo mejor: que esperas durante dos horas y media a que Tarantino te sorprenda, por lo que no te da tiempo a sobarte ni a aburrirte. Que se tome la guerra, Hitler y los nazis en plan cachondeo. Algún plano guay. Tim Roth.

Lo peor: todo lo demás. Ritmo, música (increíble, ¿no?), la poca cancha a las femmes (sobretodo a la Krüger), ¿quién son y dónde andan los bastardos?, el metraje excesivo, la autocomplacencia de Quentin y que se plagie a sí mismo. Que no me ha dejado sobarme.


cuando Ali fue rey (y Michael Mann consejero con derecho a veto)

mayo 27, 2009

Interrumpimos esta larga ausencia -lamentablemente empieza a ser habitual- para volver a esta bitácora con un personaje mítico aún vivo: Muhammad Ali.

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En estos útimos tiempos he vuelto a comprarme deuvedeses, algo que tenía completamente olvidado. De repente, cualquier excusa es buena para seguir comprobando como bajan los precios y encontrar alguna perla que otra. La lástima es que hoy en día ya no vienen con librito; con suerte, habrá una hojita de propaganda de la productora/estudio de turno o alguna promoción caducada. De todas maneras, no se puede renunciar a “Yo, el halcón”, por 5 euros, ni a “Training Day” por el mismo precio; ediciones simples -sin extras- de films que sin ninguna duda hay que tener. Y en un golpe de suerte, me topé con “Ali”, la edición de dos discos, por 8 euros.

Una película nueva de Michael Mann siempre es esperable y deseable. Excepto por su último proyecto, la bazofia chulesca “Corrupción en Miami”, Mann es un director del que nunca se puede renegar, y en 2001 yo ya tenía una edad como para diferenciar bien entre aquello apetecible y lo detestable; “Ali”, pues, aparecía entre la madura y quizá un poco tostón “El Dilema” (1999), y el gran sabor de boca de la adrenalítica y ya un tanto lejana “Heat” (1995), dispuesta a sorprendernos y a confirmar lo que esperábamos del regista nacido en Chicago.

Hacer un film sobre boxeo, después de todo lo visto, es bastante complicado y un reto de los de verdad. ¿Cómo enfocarlo? Lo más evidente es que, si te basas en la vida de un personaje histórico -real-, debes ser fiel con lo que pasó en realidad. Nadie aceptaría un combate “inventado” -diferente de como aconteció-, y por motivos varios (conciencia colectiva, recuerdos vivos en la gente generación tras generación), el principal de los cuales sería un señor llamado Martin Scorsese; “Toro Salvaje” marcó un antes y un después en ese sentido, así como en el hecho de innovar en el modo puramente fílmico, metiendo cámaras a manos llenas dentro del ring, golpeando subjetivamente al espectador y haciéndolo partícipe en primera persona.

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Y a fe que Michael Mann sale victorioso. Se le puede achacar un metraje excesivo y cierta lejanía o frialdad, pero yo lo veo más como un espacio libre para moverse o aire puro para no dejar de aspirar. ¿Qué se puede decir de un tipo como Muhammad Ali, un bocamoll semejante, poseedor de un carisma espectacular y un carácter de lo más arrebatador? Hablamos de uno de los personajes más influyentes de la Historia (vale, de un momento histórico), no de un simple deportista más (el deporte como ente vehicular); la confluencia política y el contexto social de la época que le tocó vivir -en su máximo apogeo, los años sesenta y setenta, con la lucha por los derechos civiles en los EEUU y la Guerra de Vietnam- le convirtieron en ídolo de millones de personas, y él supo orientarlo y sacar partido. Mann se limita a mostrar los hechos de esa época con respecto a la vida del gran campeón (victorias, derrotas, líos amorosos, problemas familiares, afiliaciones, amistades), hechos que se saben y no son discutibles, pero con su sello característico que hace que ni siquiera me pregunte el porqué se centra en unos y no en otros. Esto no significa desaprovechar ninguna oportunidad, a no ser que queramos encontrarnos con productos lacrimógenos prefabricados o épicas infladas hasta la extenuación; en el género de los biopic hay mucha mierda -nada tan pestoso como la filmografía de Ridley Scott pero-, así que Michael Mann sabría bien cómo moverse; recursos digitales, violencia contenida a puntito de estallarnos en las narices, personajes bien marcados y mejor interpretados, detalles ínfimos (cuando el preparador de Ali, Angelo, tiene un par de planos sobre como se prepara sus cosas antes de un combate) que no abandonan nuestra rutina, y esa sobriedad producto del camino aprendido y las ideas tan claras como el agua. michael_mann

La música también ayuda, y aquí destaca el tema central “Tomorrow”, de Salif Keita, que te envuelve en una atmósfera de emoción contenida (lagrimita, sí) sobre las cenizas del hombre que fue el boxeador anteriormente conocido como Cassius Clay. A veces, si pienso en otras pelis de Mann, es cierto que abusa de temas que quizá hablan un poco fuera de la estructura dramática del film (pienso en la pieza de Audioslave en “Collateral”, no se puede poner a Chris Cornell de golpe y porrazo por ahí, que desenfoca y desconcentra casi tanto como la aparición de Clooney al final de “La Delgada Línea Roja”). Pero no aquí; Ali es tan grande, que sólo me dedico a ver antes el documental “Cuando éramos reyes” (1996) como calentamiento, y a pensar que tal vez hubiese sido mejor no hacerlo. Entonces introduzco ya a Will, nuestro Príncipe de Bel-Air; su caracterización del púgil más grande de toda la historia del Boxeo ralla lo sublime, es, simplemente, estratosférica. Cierto es que le viene bien el payaseo innato en ambos (Ali & Will), pero no se puede desmerecer la preparación física y mental que consigue y que  logra traspasar la pantalla desde el primer segundo.

Decía lo del documental de Leon Gast, basado sobretodo en la pelea más conocida de todos los tiempos -Zaire, 1974, Ali vs el joven Foreman- porque sin saber nada de boxeo, proporciona tal vez demasiada información. Si lo ves después de la peli, las sensaciones aquí escritas sobre Will, Muhammad y la época en concreto, adquieren tintes épicos (casi con el babero). Sin ser un aficionado a ese deporte, la piel de gallina deviene inevitable y lo disfrutas mucho más. Porque es justo darle al César lo que es del César, y si estamos aquí hoy es porque antes hubo un pasado, aunque cueste salirse de contexto; de la misma manera que, conseguida la democracia, a veces hay que hacer cabriolas para no desfallecer, antes hubo personas que lucharon por la igualdad de los niggers y se rebelaron contra el sistema injusto, poniendo la primera piedra (no la otra mejilla, como diría Malcolm X).

Lo mejor: que ya no hay cine así, y que es inútil resistirse. Si te metes desde el principio (no cuesta nada), la disfrutas mil; Will-Ali y los actores, todos; la relación que mantiene Ali con el periodista Howard Cosell (menudo maquillaje, Mr. Voight), por lo que se ve, algo muy mítico; “tomorrow”, el tema principal que tanto emociona.

Lo peor: pensar que Michael Mann podría ya no ser fiable por el truño de “Corrupción en Miami”; que Ali siga vivo (injustamente y valga la redundancia, sólo la muerte incita a la justicia engrandeciendo la leyenda).

Flota como una mariposa, pica como una avispa. Pelea, muchacho, pelea. Aaaaaaaagh!


mongol: desde las estepas con amor

marzo 28, 2009

mongol460Tadanobu Asano. Escribo el nombre ya, que no quiero olvidarme.

‘Mongol’ es, cinematográficamente, un intento de volver a la épica, a la aventura. Coproducido por varios países de Europa del Este y Germania, también es un intento de restituir la figura histórica de Temujin, el mongol que unificó los clanes de la estepa y se convirtió en Gengis Khan (Príncipe Universal), conquistando un vasto Imperio desde Europa Central hasta el sur de Asia.

Sobre el Gran Khan no se conoce mucho, algo lógico si tenemos en cuenta que aquí siempre hemos barrido hacia la Historia de Occidente, que es donde vivimos. En Asia, Rusia y Europa del Este es un mito, y su figura ha dado mucho que hablar. Yo lo conocí por El Capitán Trueno (¿para cuándo esa adaptación, Julio?); en un episodio luchan los dos, pero éste no es el típico enemigo del Capitán. Víctor Mora y esa gente le dan un estatus de gran caudillo y de rival digno del héroe español, combatiendo de tú a tú hasta el agotamiento mútuo. Tengo esa imagen metida en mi cabeza desde niño, por lo que fue un placer volver después de tanto tiempo a recordar las andanzas del joven Temujin, convertido posteriormente y tras mil perrerías en el mismísimo Gengis Khan.

Con alguna biografía por ahí, y una adaptación a cargo de Henry Levin en el Hollywood de los 60 (con el gran Stephen Boyd haciendo de Temujin y Omar Shariff dándose algún que otro garbiño), fuimos tirando hasta finales de este 2008. Mirando la cartelera creí ver ‘Mongol’ escrito, y pensé en alguna peli chorras de estas teen, pudiendo hacer un mal uso de esa palabra o una burla tonta (insultar llamando ‘mongolo’ a tu oponente sigue vigente). Pero no, resulta que volvía el gran conquistador de las estepas.

Debo reconocer que no las tenía todas, ¿sería la típica superproducción europea, que chirría más que afina? El tío del poster me era familiar, pero lo dejé ahí. Ahora, con el DVD, no he dudado ni un segundo. Ha salido a la superfície de mi reserva mental particular, y por todo lo alto. ‘Mongol’ es un espectáculo visual-sensorial increíble (hay que creer), digno de los antiguos films de época. Y es que ver caballos por ahí galopando, entre superfícies enormes de terreno (que si estepas, dunas del Gobi, verdes prados, etc.), siempre con el ojo de la guerra presente, es toda una delicia. Y si además le añadimos un actor tan carismático como Tadanobu Asano (el tío del poster), el japonés errante (el ronin de Zatoichi), nos hallamos ante un cóctel muy apetecible. En un momento en que el séptimo arte es una auténtica guadaña, en que siempre andamos quejándonos sobre el mal cine, las copias y las pocas ideas, ‘Mongol’ se alza majestuosa por encima de cualquier convención para regalarnos dos horas de disfrute para los sentidos (si consigues meterte en el rollo).

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Cosas que chirrían: el ritmo del film carece de una linealidad ‘justa’, cosa que, a ojos europeos, molesta un poco. En algún sitio he leído que en realidad es una trilogía, pero eso no la excusa (por buscar cosas que no encajan del todo). La historia abarca desde el Temujin niño hasta su conversión en Gran Khan; es, sobretodo, en esta última parte que notamos algo raro. El tío se va por ahí diciendo: ‘tengo algo que hacer, es mi destino’, o algo del palo, para en la escena siguiente volver con un megaejército con sus mil estandartes creados de la nada. No sé si es cosa del montaje o las prisas (ya bordeaba las dos horas en ese momento), pero ahí queda.

Vuelvo a postrarme sobre el rodaje en sus magníficos parajes y exteriores, un jodido espectáculo (me hace pensar un poco en la grandilocuencia de The Fall), se agradece un campo visual tan amplio. En cuanto a lo escrito, puede que haya partes del guión que se pretendan inflar demasiado (en plan flipada mitológica algo vacía o fuera de época), sobretodo cuando hablan los rivales del Khan, pero también se descubren otras muy jugosas como el papel de la mujer ante el hombre y su rol netamente familiar (doméstico) y claramente sumiso. En un economía de guerra y nómada, cada uno tiene sus funciones asignadas, y de ahí no se puede salir si no se quiere poner en peligro la supervivencia del clan (imagina las estepas, el frío invierno, el desierto… joder!).

Las batallas están muy bien, no hay grandes artificios, y recuerdan mucho a las de Zatoichi, con cortes secos y directos y la misma sangre salpicando. Otro elemento distorsionador, o más bien gracioso, es el hecho de ver el Temujin niño y el hijo de Temujin (te has liado?) y comprobar que son el mismo actor-niño.  Sólo que al segundo le maquillan la peca de la cara… Cosas de europeos o puede que de una economía cinematográfica un tanto… económica. Un último ‘pero’: las uñas del protagonista. El tío se pasa toda le peli dando tumbos, encarcelado y puteado mil, mientras que sus uñas no se ennegrecen lo más mínimo.

Aún y con eso, el film se acerca bastante a lo que pretendemos encontrar cuando vamos al cine o nos ponemos una peli, es decir, que tenga ‘algo’; pedimos que sea todo lo coherente que pueda (no una coherencia total, tan difícil y quimérico hoy) y que tenga un cierto sentido. No es la típica superproducción de Hollywood (el director es un ruso, Sergei Bodrov, que también firma el guión junto con Arif Aliyev) apestosa y acicalada, pero tampoco es un peliculón del copón. Huele a ‘Europa’ (cine europeo), y eso suele bastar hoy en día, un poco como Enemigo a las Puertas o cosas así (tampoco me viene ninguna otra a la testa ahora), intentando alejarse del peligro norteamericano de parecer (y perecer) una pantomima, pero bordeando, del mismo modo, las convenciones que han llevado a ver palidecer este precioso arte (por ser la tendencia impaciente y dominante actual).

Para fans de la épica un pelín condescendientes y amantes de la naturaleza que se puedan teletransportar al nomadismo del mundo mongol de ese medievo tan desconocido. Lo mejor: Gengis Khan-Tadanobu Asano (menuda presencia tiene este tío) y los paisajes. Lo peor: ciertos cortes súbitos o alguna prisa hacia el final del metraje. Que no te metas en el papel.


‘La historia completa de mis fracasos sexuales’: decálogo de un “pringao”

marzo 1, 2009

Después de un periodo totalmente out de este espacio provocado por un sinfín de causas que no vienen a cuento y unas cuantas amenazas por el otro componente de mediCine, apoyado por los innumerables seguidores de que disponemos, me dispongo a comentar ‘La historia completa de mis fracasos sexuales’, una de las películas que he podido ver últimamente y que se puede disfrutar de dos maneras: tener la suerte de que la proyecten en algún cine cercano a tu casa o, como yo, bajársela directamente de la burra.


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Sin más preámbulos os cuento: ‘La historia completa de mis fracasos sexuales’ es un falso documental que entremezcla situaciones reales de la vida del director de cine independiente Chris Waitt con hechos inventados que lo llevan a situaciones de lo más esperpénticas.

Chris Waitt es un británico desaliñado, sucio, vago y egoísta; es la viva imagen de un Kurt Cobain venido a menos (de hecho, su director es una frustrada estrella del rock). Su novia acaba de abandonarlo y con un futuro sentimental poco prometedor decide hacer un repaso a su vida sentimental a la vez que intenta entender su fracaso como persona y como amante y todo ello con una cámara como testigo.

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Chris Waitt pretende entrevistar a todas sus ex novias para averiguar en qué ha fallado y no volver a cometer los mismos errores en futuras relaciones. Algunas aceptarán, otras le dirán un rotundo “no” y las más afectadas le demandarán para que su imagen no sea utilizada en la película. Pero todas coinciden, de una manera u otra, en una cosa: Chris Waitt ha sido la peor relación sentimental que han tenido jamás con un hombre.

Con estas premisas, nos encontramos un film divertido y gamberro, que sin ser una gran película te hace pasar un buen rato, algo bastante difícil en estos tiempos que corren. Parte de una idea similar a todo un clásico como es ‘Alta fidelidad’ (crítica que tengo en la nevera a la espera de encontrar algo de tiempo), en el que las ex novias toman un papel decisivo en la vida del protagonista.

Los momentos más desternillantes son, sin duda, la aparición de la madre de Chris Waitt, sobretodo cuando va a casa de su hijo a limpiarla. Por el contrario, episodios como su problema eréctil se alarga demasiado sin aportar gran cosa y cansa hasta el punto que el propio Chris Waitt reconoce que la historia se le ha escapado de las manos. Sin embargo, exceptuando momentos muy puntuales, el ritmo de la película está logrado haciendo que sintamos lástima por un desvergonzado Chris Waitt.

Avalada por los prestigiosos festivales de Sundance y Gijón, ‘La historia completa de mis fracasos sexuales’ es una comedia entretenida que consigue hacernos reír de principio a fin. Ideal para interminables y aburridas tardes de domingo.


fracaso


nanni y el deseo de ser ‘freak’ moretti

febrero 12, 2009

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Nanni Moretti es un conocido productor y director del actual cine italiano. Es un tipo peculiar, o eso parece por lo que refleja en la mayoría de sus films, en los que suele interpretar partes de sí mismo. Esta es una de sus principales características, junto a cierta ironía (más italiana que otra cosa) y una dicción clarita que podría llegar a dar cierta rabia (si eres italiano, por lo visto en los foros de por aquí).

Llegué a él en mi aventura transalpina casi por casualidad y no me acuerdo ni cómo; la cuestión es que me hacía gracia el punto freak que aireaba conscientemente en todas sus pelis y la facilidad con que un extranjero como yo podía aprender el idioma gracias a él. Luego me he topado con gente del Belpaese que piensan que es un puto burgués romano que quiere ser freak (en el sentido guayón) pero que no enseña ni crea nada; temáticas cercanas y muy humanas hasta el punto de no decir un carajo, puntos chorras de esa línea freak (en Caro Diario, en su paseo en vespa, dice que le encanta ver los edificios de las ciudades, luego los áticos y tal… cosas del estilo) y mucha autocomplaciencia. Todo eso bañado por su particular banda sonora mezcla éxitos norteamericanos, mezcla éxitos italianos de toda la vida (con alguna nota tropical), y una clara evidencia nacional: es un tipo nacido en Italia. Y, aún a riesgo de repetirme y cansar, los italianos ya se sabe como viven, entre lo operístico y la fachada; cuando decimos que un yankee tiene sus limitaciones a la hora de ser de izquierdas (porque nunca deja de ser yankee), pues lo mismo con lo de ser italiano. Nunca se deja de serlo. Esto me ha hecho preguntarme un sinfín de veces qué miserias topicales nos tienen reservadas para nosotros, los españoles (y si además digo que soy catalán flipa…), pero esto ya es harina de otro costal.

En Aprile (1998) vemos ese rumbo a la izquierda en cuanto a política y a su ‘yo-director’ bastante más desbocado que en Caro Diario, la película con la que abrió, en 1993, una serie de tres películas de marcado carácter autobiográfico (según leo en internet y atando cabos). imported_imageLa tercera es la aclamada La stanza del figlio, ya del 2001, que se alzó con el máximo premio en Cannes y dónde veíamos a un Nanni mucho más pausado y contenido. De ahí a Il Caimano (2006), que no he visto pero que no creo que sorprenda mucho, y Caos Calmo -que se estrenó el año pasado-, en la que actúa solamente (y no dirige), dónde es casi actor al ciento por ciento y nada más.

Diría que es difícil querer ser actor y ser Nanni Moretti al mismo tiempo, pero en sus favorcillos, colaboraciones o faenas por encargo lo suele intentar (con poco éxito, debo indicar).  Una cosa está clara, este Moretti es un tipo entrañable, además de peculiar. No me ha costado mucho aficionarme a sus trabajos, aunque suela dudar sobre si llenan o estén más vacíos que una jodida lata de sopa Campbell vacía (…), me pregunte si en realidad inventa algo o, simplemente, me canse el verlo aparecer en pantalla, esperando a que pase algo (el cine contemplativo no siempre es sinónimo de buen cine…).

Desde la izquierda quisquillosa de sus principios (que por cierto, hoy podría echar un cable a Matteos Garrones, Robertos Savianos y cia.) a un tipo de cine mucho más personal, ecléctico y freaky (por darle cancha a una particular visión del mundo), Nanni Moretti no deja indiferente a nadie, cosa que, hoy en día,

podría llevar a convertirle en un auténtico lujo (en este mundillo).


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