Y ya estamos otra vez, segundo año consecutivo en que daremos fe de nuestro festival de cine favorito, ese de nuestra jodida ciudad.
Pasquin y yo mismo estamos deseando empaparnos del olorcillo a cuero de las chaquetas de los guayones manresanos muertos de hambre típicos de estos eventos (los quiero y no puedo pero me compro un Mercedes igualmente), y de paso aprovechar para ver alguna peli que otra gratis. Al respecto de esto último, dar las gracias a la organización del festival por invitarnos (pese a la guadaña de blog que tenemos, imagino que es cuestión de sumar sin mucho filtro), en especial a Neus Artigas, que es la que cada año nos envía los mails de confirmación. Sí, porque el tradicional director del festival, Manel Quinto, pasa de nosotros como de la mierda. Esto no debería suponer ningún trauma si no fuera porque fue profesor nuestro en el instituto… supongo que el tiempo lo olvida todo. Algún día explicaré la anécdota de cómo le conocí.
Por lo demás, este es nuestro plan:
VIERNES 20:
siempre en el Atlàntida, The Road 20,15, Conrad McCarthy en baja forma, con el gran Viggo. 22,30 Zombieland, con el majete de Woody Harrelson. Entre pelis, si nos da tiempo, iremos a Las Vegas a comernos un bocadillo y un par de birras como manda la tradición, así que ya sabes: si ves a dos tíos de negro y con barba sentados en la barra, somos nosotros (si eres chica mejor). Las chupas de cuero las dejamos para otro año pero. El sábado yo no podré pasarme, así que pregúntale a mi colega Pasquin, o mejor insístile para que se acerque y nos escriba algo por aquí.
DOMINGO 22:
17,15 Ricky, de François Ozon, el Almodóvar del cine francés según Wikipedia. 20h El Lazo Blanco, de Michael Haneke. Entre horas supongo que pasearemos, haremos alguna fotillo y nos tomaremos alguna cervecilla por ahí. Y poca cosa más, domingo hora de cenar en casa y adiós Fecinema 2009. Primeras críticas la semana que viene.
Así que ya sabes, aprovecha para visitar nuestro encantador pueblo (se ajusta mejor a la realidad este término), sobretodo ahora que no hace tanto frío (mínima 8º, máxima 23º), y disfruta de cierto localismo hecho cine por unos días. No prometemos ningún famosillo ni canapés tampoco, pero seguro que te lo puedes llegar a pasar bien.
Son las 23.29 del lunes 21 de septiembre, y acabamos de salir del cine con mi colega Pasquin.
Es cierto que llevamos un tiempo sin escribir un carajo, pero créeme, esta no la podíamos dejar escapar. Hemos visto Inglorious Basterds, el nuevo film de Tarantino. Reconozco que mientras Pasquin no paraba de rajarlo, yo estaba sumido en un estado cercano a una grandísima apatía, casi sin poder articular palabra; tal vez una sobredosis de chuches, apetinas y arroz inflado fueran la causante de tal ensimismamiento, o tal vez no. Si esta última posibilidad fuese la que tendría en cuenta para esta vida, en este blog, sería debido sin duda al enésimo fiasco cinematográfico, a una nueva decepción.
Todos los directores que antaño idolatramos pululan hoy entre sombras, denostados por un espíritu crítico no deseado pero que sin duda señala la edad y el inexorable paso del tiempo. Michael Mann sería el presidente de este nefasto club, Scorsese su becario principal y David Fincher con Darren Aronofsky, los colegiales pizpiretos ansiosos por formar parte de él. Y no digo nada sobre Ridley, porque ni siquiera les traería los putos cafés a éstos. Pero no, no es culpa nuestra, son ellos mismos los que se han puesto la soga al cuello.
Muy probablemente estemos ante los 80 del siglo XXI (cinematográficamente hablando). La peor década de la historia del cine, sin ideas y con unos presupuestos desorbitados (decorados inflamados). Un envoltorio brillante inducido por las nuevas tecnologías y patrocinado por un consumismo exacerbado; resumiendo, cine para estúpidos. Pero como buen reflejo de la sociedad, éste no le iba a ir a la zaga, claro que no, y no escribo nada sobre politiqueo o ideologías. La nueva tiranía es la del dinero, lo remarco por si no lo sabías, aunque no pienso seguir por ahí.
Lo de los 80 también venía por una cancioncilla (creo que en algunos sitios aquí pondrían SPOILER) que mete el amigo Quentin mientras la rubia francesa trama su venganza. ¿A qué coño venía? ¿Era necesario? ¿Lo era también para aquella escena de Uma en el parking mientras intenta escapar del hospital en Kill Bill? Siguiendo con Bill, ¿por qué repite canciones en este nuevo film? Que yo recuerde ahora mismo, dos seguras. El papel de Julie Dreyfuss: el mismo (un memo diría “pero con matices”). Actores: Brad Pitt hace lo que puede con el metraje que tiene, pero abusa de su mandíbula kleenexada a lo Marlon-Padrino. Los europeos mejor, sobretodo Cristoph Waltz, un Tim Roth alemán (debió ver Four Rooms bastantes veces).
En cuanto a escenas y actores, ya que salían estos dos nombres: el primer capítulo nos presenta al sádico coronel alemán “cazajudíos”, pero lo que sigue de peli no va en consonancia a los minutos que le dedica aquí (al final no resulta tan listo y cabrón, si no más bien un monologuista chisposo). Brad Pitt-Aldo Rein. Se nos enseña la cicatriz del cuello claramente, pero no hay ni una puta referencia a cómo se la hizo (imaginamos cosas que tienen las guerras), mientras que algunos de los bastardos reciben una atención especial (aunque luego mueran casi de repente, caso del desertor alemán-Marco Polo). Diane Krüger apenas tiene protagonismo y su papel parece un tesoro por el que valdrían la pena mil naufragios. Mélanie Laurent (la rubia francesa) parece forzada, pero su belleza gabacha lo compensa (sí, vale, hay que joderse).
Los diálogos son parte fuerte del aún joven director, ciertamente. Pues aquí, excepto el de la primera escena a la que hago referencia, ni rastro de ellos. Abusa de unas escenas larguísimas que otras veces le funcionaron (Pulp Fiction, por ejemplo), y que ahora ya ni sorprenden ni mucho menos aportan nada al contenido de lo que estamos viendo. El título debió de sonarle muy bien en su cabeza, porque los bastardos, desaparecidos en combate (nunca mejor dicho). ¿Por qué vendieron así la peli? El trailer habla de una sangrienta vendetta judía versus los nazis, protagonizada por estos zumbados. Nada que ver.
Una estructura por capítulos tiene que llevar a algún lugar, pero aquí sólo segrega y deslabaza el ritmo de un film que se eterniza durante más de dos horas y media. Cada personaje parece ir a su rollo y el espectador no sabe a qué atenerse (SPOILER como cuando en la escena final hay tres tramas paralelas que se aguantan con hilillos).
Cosas buenas: pese a todo lo dicho, es cierto que es un film que huele a Tarantino, y tiene momentos y planos que muy pocos podrían hacer o cuanto menos, que le son característicos (escena “adoración a los pies femeninos” incluida). Aunque sé que también podría deberse a un “joder, una nueva peli de Quentin, seguro que va a pasar algo pero ya”, y resulta que llevamos dos horas de peli y seguimos esperando. A ver, en positivo. El sentido del humor. Sólo así se explica la caracterización de Hitler (y Göbbels), que raya lo esperpéntico en el clímax final. También por la ambientación histórica, estilo libre total (¿toda la plana mayor del Reich acude a un estreno en París un mes después del desembarco de Normandía y ni una referencia al devenir de la guerra?). El momento de la taberna francesa… no, joder, no. Ni siquiera sabes quien muere, y el que muere te preguntas por qué, y es matar por matar y otra escena mega-larga… A estas horas de la noche no se me ocurre ninguna otra cosa buena más, así que voy a dejarlo ya.
Me jode, como decía Pasquin al salir del cine, que con el tiempo que ha tenido entre peli y peli, Tarantino no haya sabido crear algo nuevo. Parece que ha llegado a un punto en el que está demasiado pagado de sí mismo, o es que simplemente nadie se atreve a decirle “eh tío, espabila”. Siguió una evolución lógica hasta, si me apuras, Jackie Brown (como experto plagiador con su sello). Después sólo pajas y una preocupante sensación de repetición, como un grupo de música que ya no tiene nada más que decir después de llegar a la cima. Tipo Deftones tras el White Pony o Radiohead después del OK Computer: ¿víctimas de su propio éxito o puede que ya no den más de sí?
No sé cuántas decepciones podremos aguantar más. Seguramente las series de TV tienen parte de culpa (ahí te das cuenta de que en menos de una hora se puede contar una historia bien), junto con el paso del tiempo, la caída de los mitos y tu propio camino personal. Per créeme, yo adoraba a Quentin. De hecho lo adoro, y puede que espere un resurgir, pero este es el precio que tiene que pagar por traicionarnos y descubrir la verdad. Sí, porque pagar, yo, para ir a verle al cine, me temo que pocas veces más.
Lo mejor: que esperas durante dos horas y media a que Tarantino te sorprenda, por lo que no te da tiempo a sobarte ni a aburrirte. Que se tome la guerra, Hitler y los nazis en plan cachondeo. Algún plano guay. Tim Roth.
Lo peor: todo lo demás. Ritmo, música (increíble, ¿no?), la poca cancha a las femmes (sobretodo ala Krüger), ¿quién son y dónde andan los bastardos?, el metraje excesivo, la autocomplacencia de Quentin y que se plagie a sí mismo. Que no me ha dejado sobarme.
Interrumpimos esta larga ausencia -lamentablemente empieza a ser habitual- para volver a esta bitácora con un personaje mítico aún vivo: Muhammad Ali.
En estos útimos tiempos he vuelto a comprarme deuvedeses, algo que tenía completamente olvidado. De repente, cualquier excusa es buena para seguir comprobando como bajan los precios y encontrar alguna perla que otra. La lástima es que hoy en día ya no vienen con librito; con suerte, habrá una hojita de propaganda de la productora/estudio de turno o alguna promoción caducada. De todas maneras, no se puede renunciar a “Yo, el halcón”, por 5 euros, ni a “Training Day” por el mismo precio; ediciones simples -sin extras- de films que sin ninguna duda hay que tener. Y en un golpe de suerte, me topé con “Ali”, la edición de dos discos, por 8 euros.
Una película nueva de Michael Mann siempre es esperable y deseable. Excepto por su último proyecto, la bazofia chulesca “Corrupción en Miami”, Mann es un director del que nunca se puede renegar, y en 2001 yo ya tenía una edad como para diferenciar bien entre aquello apetecible y lo detestable; “Ali”, pues, aparecía entre la madura y quizá un poco tostón “El Dilema” (1999), y el gran sabor de boca de la adrenalítica y ya un tanto lejana “Heat” (1995), dispuesta a sorprendernos y a confirmar lo que esperábamos del regista nacido en Chicago.
Hacer un film sobre boxeo, después de todo lo visto, es bastante complicado y un reto de los de verdad. ¿Cómo enfocarlo? Lo más evidente es que, si te basas en la vida de un personaje histórico -real-, debes ser fiel con lo que pasó en realidad. Nadie aceptaría un combate “inventado” -diferente de como aconteció-, y por motivos varios (conciencia colectiva, recuerdos vivos en la gente generación tras generación), el principal de los cuales sería un señor llamado Martin Scorsese; “Toro Salvaje” marcó un antes y un después en ese sentido, así como en el hecho de innovar en el modo puramente fílmico, metiendo cámaras a manos llenas dentro del ring, golpeando subjetivamente al espectador y haciéndolo partícipe en primera persona.
Y a fe que Michael Mann sale victorioso. Se le puede achacar un metraje excesivo y cierta lejanía o frialdad, pero yo lo veo más como un espacio libre para moverse o aire puro para no dejar de aspirar. ¿Qué se puede decir de un tipo como Muhammad Ali, un bocamoll semejante, poseedor de un carisma espectacular y un carácter de lo más arrebatador? Hablamos de uno de los personajes más influyentes de la Historia (vale, de un momento histórico), no de un simple deportista más (el deporte como ente vehicular); la confluencia política y el contexto social de la época que le tocó vivir -en su máximo apogeo, los años sesenta y setenta, con la lucha por los derechos civiles en los EEUU y la Guerra de Vietnam- le convirtieron en ídolo de millones de personas, y él supo orientarlo y sacar partido. Mann se limita a mostrar los hechos de esa época con respecto a la vida del gran campeón (victorias, derrotas, líos amorosos, problemas familiares, afiliaciones, amistades), hechos que se saben y no son discutibles, pero con su sello característico que hace que ni siquiera me pregunte el porqué se centra en unos y no en otros. Esto no significa desaprovechar ninguna oportunidad, a no ser que queramos encontrarnos con productos lacrimógenos prefabricados o épicas infladas hasta la extenuación; en el género de los biopic hay mucha mierda -nada tan pestoso como la filmografía de Ridley Scott pero-, así que Michael Mann sabría bien cómo moverse; recursos digitales, violencia contenida a puntito de estallarnos en las narices, personajes bien marcados y mejor interpretados, detalles ínfimos (cuando el preparador de Ali, Angelo, tiene un par de planos sobre como se prepara sus cosas antes de un combate) que no abandonan nuestra rutina, y esa sobriedad producto del camino aprendido y las ideas tan claras como el agua.
La música también ayuda, y aquí destaca el tema central “Tomorrow”, de Salif Keita, que te envuelve en una atmósfera de emoción contenida (lagrimita, sí) sobre las cenizas del hombre que fue el boxeador anteriormente conocido como Cassius Clay. A veces, si pienso en otras pelis de Mann, es cierto que abusa de temas que quizá hablan un poco fuera de la estructura dramática del film (pienso en la pieza de Audioslave en “Collateral”, no se puede poner a Chris Cornell de golpe y porrazo por ahí, que desenfoca y desconcentra casi tanto como la aparición de Clooney al final de “La Delgada Línea Roja”). Pero no aquí; Ali es tan grande, que sólo me dedico a ver antes el documental “Cuando éramos reyes” (1996) como calentamiento, y a pensar que tal vez hubiese sido mejor no hacerlo. Entonces introduzco ya a Will, nuestro Príncipe de Bel-Air; su caracterización del púgil más grande de toda la historia del Boxeo ralla lo sublime, es, simplemente, estratosférica. Cierto es que le viene bien el payaseo innato en ambos (Ali & Will), pero no se puede desmerecer la preparación física y mental que consigue y que logra traspasar la pantalla desde el primer segundo.
Decía lo del documental de Leon Gast, basado sobretodo en la pelea más conocida de todos los tiempos -Zaire, 1974, Ali vs el joven Foreman- porque sin saber nada de boxeo, proporciona tal vez demasiada información. Si lo ves después de la peli, las sensaciones aquí escritas sobre Will, Muhammad y la época en concreto, adquieren tintes épicos (casi con el babero). Sin ser un aficionado a ese deporte, la piel de gallina deviene inevitable y lo disfrutas mucho más. Porque es justo darle al César lo que es del César, y si estamos aquí hoy es porque antes hubo un pasado, aunque cueste salirse de contexto; de la misma manera que, conseguida la democracia, a veces hay que hacer cabriolas para no desfallecer, antes hubo personas que lucharon por la igualdad de los niggers y se rebelaron contra el sistema injusto, poniendo la primera piedra (no la otra mejilla, como diría Malcolm X).
Lo mejor: que ya no hay cine así, y que es inútil resistirse. Si te metes desde el principio (no cuesta nada), la disfrutas mil; Will-Ali y los actores, todos; la relación que mantiene Ali con el periodista Howard Cosell (menudo maquillaje, Mr. Voight), por lo que se ve, algo muy mítico; “tomorrow”, el tema principal que tanto emociona.
Lo peor: pensar que Michael Mann podría ya no ser fiable por el truño de “Corrupción en Miami”; que Ali siga vivo (injustamente y valga la redundancia, sólo la muerte incita a la justicia engrandeciendo la leyenda).
Flota como una mariposa, pica como una avispa. Pelea, muchacho, pelea. Aaaaaaaagh!
Tadanobu Asano. Escribo el nombre ya, que no quiero olvidarme.
‘Mongol’ es, cinematográficamente, un intento de volver a la épica, a la aventura. Coproducido por varios países de Europa del Este y Germania, también es un intento de restituir la figura histórica de Temujin, el mongol que unificó los clanes de la estepa y se convirtió en Gengis Khan (Príncipe Universal), conquistando un vasto Imperio desde Europa Central hasta el sur de Asia.
Sobre el Gran Khan no se conoce mucho, algo lógico si tenemos en cuenta que aquí siempre hemos barrido hacia la Historia de Occidente, que es donde vivimos. En Asia, Rusia y Europa del Este es un mito, y su figura ha dado mucho que hablar. Yo lo conocí por El Capitán Trueno (¿para cuándo esa adaptación, Julio?); en un episodio luchan los dos, pero éste no es el típico enemigo del Capitán. Víctor Mora y esa gente le dan un estatus de gran caudillo y de rival digno del héroe español, combatiendo de tú a tú hasta el agotamiento mútuo. Tengo esa imagen metida en mi cabeza desde niño, por lo que fue un placer volver después de tanto tiempo a recordar las andanzas del joven Temujin, convertido posteriormente y tras mil perrerías en el mismísimo Gengis Khan.
Con alguna biografía por ahí, y una adaptación a cargo de Henry Levin en el Hollywood de los 60 (con el gran Stephen Boyd haciendo de Temujin y Omar Shariff dándose algún que otro garbiño), fuimos tirando hasta finales de este 2008. Mirando la cartelera creí ver ‘Mongol’ escrito, y pensé en alguna peli chorras de estas teen, pudiendo hacer un mal uso de esa palabra o una burla tonta (insultar llamando ‘mongolo’ a tu oponente sigue vigente). Pero no, resulta que volvía el gran conquistador de las estepas.
Debo reconocer que no las tenía todas, ¿sería la típica superproducción europea, que chirría más que afina? El tío del poster me era familiar, pero lo dejé ahí. Ahora, con el DVD, no he dudado ni un segundo. Ha salido a la superfície de mi reserva mental particular, y por todo lo alto. ‘Mongol’ es un espectáculo visual-sensorial increíble (hay que creer), digno de los antiguos films de época. Y es que ver caballos por ahí galopando, entre superfícies enormes de terreno (que si estepas, dunas del Gobi, verdes prados, etc.), siempre con el ojo de la guerra presente, es toda una delicia. Y si además le añadimos un actor tan carismático como Tadanobu Asano (el tío del poster), el japonés errante (el ronin de Zatoichi), nos hallamos ante un cóctel muy apetecible. En un momento en que el séptimo arte es una auténtica guadaña, en que siempre andamos quejándonos sobre el mal cine, las copias y las pocas ideas, ‘Mongol’ se alza majestuosa por encima de cualquier convención para regalarnos dos horas de disfrute para los sentidos (si consigues meterte en el rollo).
Cosas que chirrían: el ritmo del film carece de una linealidad ‘justa’, cosa que, a ojos europeos, molesta un poco. En algún sitio he leído que en realidad es una trilogía, pero eso no la excusa (por buscar cosas que no encajan del todo). La historia abarca desde el Temujin niño hasta su conversión en Gran Khan; es, sobretodo, en esta última parte que notamos algo raro. El tío se va por ahí diciendo: ‘tengo algo que hacer, es mi destino’, o algo del palo, para en la escena siguiente volver con un megaejército con sus mil estandartes creados de la nada. No sé si es cosa del montaje olas prisas (ya bordeaba las dos horas en ese momento), pero ahí queda.
Vuelvo a postrarme sobre el rodaje en sus magníficos parajes y exteriores, un jodido espectáculo (me hace pensar un poco en la grandilocuencia de The Fall), se agradece un campo visual tan amplio. En cuanto a lo escrito, puede que haya partes del guión que se pretendan inflar demasiado (en plan flipada mitológica algo vacía o fuera de época), sobretodo cuando hablan los rivales del Khan, pero también se descubren otras muy jugosas como el papel de la mujer ante el hombre y su rolnetamente familiar (doméstico) y claramente sumiso. En un economía de guerra y nómada, cada uno tiene sus funciones asignadas, y de ahí no se puede salir si no se quiere poner en peligro la supervivencia del clan (imagina las estepas, el frío invierno, el desierto… joder!).
Las batallas están muy bien, no hay grandes artificios, y recuerdan mucho a las de Zatoichi, con cortes secos y directos y la misma sangre salpicando. Otro elemento distorsionador, o más bien gracioso, es el hecho de ver el Temujin niño y el hijo de Temujin (te has liado?) y comprobar que son el mismo actor-niño. Sólo que al segundo le maquillan la peca de la cara… Cosas de europeos o puede que de una economía cinematográfica un tanto… económica. Un último ‘pero’: las uñas del protagonista. El tío se pasa toda le peli dando tumbos, encarcelado y puteado mil, mientras que sus uñas no se ennegrecen lo más mínimo.
Aún y con eso, el film se acerca bastante a lo que pretendemos encontrar cuando vamos al cine o nos ponemos una peli, es decir, que tenga ‘algo’; pedimos que sea todo lo coherente que pueda (no una coherencia total, tan difícil y quimérico hoy) y que tenga un cierto sentido. No es la típica superproducción de Hollywood (el director es un ruso, Sergei Bodrov, que también firma el guión junto con Arif Aliyev) apestosa y acicalada, pero tampoco es un peliculón del copón. Huele a ‘Europa’ (cine europeo), y eso suele bastar hoy en día, un poco como Enemigo a las Puertas o cosas así (tampoco me viene ninguna otra a la testa ahora), intentando alejarse del peligro norteamericano de parecer (y perecer) una pantomima, pero bordeando, del mismo modo, las convenciones que han llevado a ver palidecer este precioso arte (por ser la tendencia impaciente y dominante actual).
Para fans de la épica un pelín condescendientes y amantes de la naturaleza que se puedan teletransportar al nomadismo del mundo mongol de ese medievo tan desconocido. Lo mejor: Gengis Khan-Tadanobu Asano (menuda presencia tiene este tío) y los paisajes. Lo peor: ciertos cortes súbitos o alguna prisa hacia el final del metraje. Que no te metas en el papel.
Después de un periodo totalmente out de este espacio provocado por un sinfín de causas que no vienen a cuento y unas cuantas amenazas por el otro componente de mediCine, apoyado por los innumerables seguidores de que disponemos, me dispongo a comentar ‘La historia completa de mis fracasos sexuales’, una de las películas que he podido ver últimamente y que se puede disfrutar de dos maneras: tener la suerte de que la proyecten en algún cine cercano a tu casa o, como yo, bajársela directamente de la burra.
Sin más preámbulos os cuento: ‘La historia completa de mis fracasos sexuales’ es un falso documental que entremezcla situaciones reales de la vida del director de cine independiente Chris Waitt con hechos inventados que lo llevan a situaciones de lo más esperpénticas.
Chris Waitt es un británico desaliñado, sucio, vago y egoísta; es la viva imagen de un Kurt Cobain venido a menos (de hecho, su director es una frustrada estrella del rock). Su novia acaba de abandonarlo y con un futuro sentimental poco prometedor decide hacer un repaso a su vida sentimental a la vez que intenta entender su fracaso como persona y como amante y todo ello con una cámara como testigo.
Chris Waitt pretende entrevistar a todas sus ex novias para averiguar en qué ha fallado y no volver a cometer los mismos errores en futuras relaciones. Algunas aceptarán, otras le dirán un rotundo “no” y las más afectadas le demandarán para que su imagen no sea utilizada en la película. Pero todas coinciden, de una manera u otra, en una cosa: Chris Waitt ha sido la peor relación sentimental que han tenido jamás con un hombre.
Con estas premisas, nos encontramos un film divertido y gamberro, que sin ser una gran película te hace pasar un buen rato, algo bastante difícil en estos tiempos que corren. Parte de una idea similar a todo un clásico como es ‘Alta fidelidad’ (crítica que tengo en la nevera a la espera de encontrar algo de tiempo), en el que las ex novias toman un papel decisivo en la vida del protagonista.
Los momentos más desternillantes son, sin duda, la aparición de la madre de Chris Waitt, sobretodo cuando va a casa de su hijo a limpiarla. Por el contrario, episodios como su problema eréctil se alarga demasiado sin aportar gran cosa y cansa hasta el punto que el propio Chris Waitt reconoce que la historia se le ha escapado de las manos. Sin embargo, exceptuando momentos muy puntuales, el ritmo de la película está logrado haciendo que sintamos lástima por un desvergonzado Chris Waitt.
Avalada por los prestigiosos festivales de Sundance y Gijón, ‘La historia completa de mis fracasos sexuales’ es una comedia entretenida que consigue hacernos reír de principio a fin. Ideal para interminables y aburridas tardes de domingo.
Nanni Moretti es un conocido productor y director del actual cine italiano. Es un tipo peculiar, o eso parece por lo que refleja en la mayoría de sus films, en los que suele interpretar partes de sí mismo. Esta es una de sus principales características, junto a cierta ironía (más italiana que otra cosa) y una dicción clarita que podría llegar a dar cierta rabia (si eres italiano, por lo visto en los foros de por aquí).
Llegué a él en mi aventura transalpina casi por casualidad y no me acuerdo ni cómo; la cuestión es que me hacía gracia el punto freak que aireaba conscientemente en todas sus pelis y la facilidad con que un extranjero como yo podía aprender el idioma gracias a él. Luego me he topado con gente del Belpaese que piensan que es un puto burgués romano que quiere ser freak (en el sentido guayón) pero que no enseña ni crea nada; temáticas cercanas y muy humanas hasta el punto de no decir un carajo, puntos chorras de esa línea freak (en Caro Diario, en su paseo en vespa, dice que le encanta ver los edificios de las ciudades, luego los áticos y tal… cosas del estilo) y mucha autocomplaciencia. Todo eso bañado por su particular banda sonora mezcla éxitos norteamericanos, mezcla éxitos italianos de toda la vida (con alguna nota tropical), y una clara evidencia nacional: es un tipo nacido en Italia. Y, aún a riesgo de repetirme y cansar, los italianos ya se sabe como viven, entre lo operístico y la fachada; cuando decimos que un yankee tiene sus limitaciones a la hora de ser de izquierdas (porque nunca deja de ser yankee), pues lo mismo con lo de ser italiano. Nunca se deja de serlo. Esto me ha hecho preguntarme un sinfín de veces qué miserias topicales nos tienen reservadas para nosotros, los españoles (y si además digo que soy catalán flipa…), pero esto ya es harina de otro costal.
En Aprile (1998)vemos ese rumbo a la izquierda en cuanto a política y a su ‘yo-director’ bastante más desbocado que en Caro Diario, la película con la que abrió, en 1993, una serie de tres películas de marcado carácter autobiográfico (según leo en internet y atando cabos). La tercera es la aclamada La stanza del figlio, ya del 2001, que se alzó con el máximo premio en Cannes y dónde veíamos a un Nanni mucho más pausado y contenido. De ahí a Il Caimano (2006), que no he visto pero que no creo que sorprenda mucho, y Caos Calmo -que se estrenó el año pasado-, en la que actúa solamente (y no dirige), dónde es casi actor al ciento por ciento y nada más.
Diría que es difícil querer ser actor y ser Nanni Moretti al mismo tiempo, pero en sus favorcillos, colaboraciones o faenas por encargo lo suele intentar (con poco éxito, debo indicar). Una cosa está clara, este Moretti es un tipo entrañable, además de peculiar. No me ha costado mucho aficionarme a sus trabajos, aunque suela dudar sobre si llenan o estén más vacíos que una jodida lata de sopa Campbell vacía (…), me pregunte si en realidad inventa algo o, simplemente, me canse el verlo aparecer en pantalla, esperando a que pase algo (el cine contemplativo no siempre es sinónimo de buen cine…).
Desde la izquierda quisquillosa de sus principios (que por cierto, hoy podría echar un cable a Matteos Garrones, Robertos Savianos y cia.) a un tipo de cine mucho más personal, ecléctico y freaky (por darle cancha a una particular visión del mundo), Nanni Moretti no deja indiferente a nadie, cosa que, hoy en día,
podría llevar a convertirle en un auténtico lujo (en este mundillo).
Por causas de trabajo y perrería, Appaloosa, la peli de Ed Harris, fue la segunda y última que vi en el Fecinema de Manresa. No podría hacer un balance del festival porque sigue siendo tan irrisoria la influencia y afluencia que mejor hablo de otra cosa. La gente, de cuero pestoso, fue a ver unas pelis y al acabarse pues nada, pa la casa. No creo ni que hecharan un vistazo al programa, sólo querían pasear la cara. Pero no quiero seguir rajando, que esto estaba muy pendiente desde noviembre 2008, y ésta de cowboys me rondaba desde entonces.
Appaloosa es una de vaqueros de toda la vida, pero siguiendo la estela de Sin Perdón y alguna más actual (El tren de las 3:10). Eso es sinónimo de cine sobrio y bien hecho; Ed Harris es el peso pesado que se encarga de la tarea en cuestión, apoyado por el grande Viggo Mortensen, que casi todo lo que toca lo convierte en oro (si exceptuamos La teniente O’Neal y algún truño anterior). La chica de la peli es le hiperbotoxizada Renné Zellweger (que debió ir al cirujano a pedirle que quería ser como Nicole Kidman), patéticamente inexpresiva. También aparece el “perdido”Jeremy Irons, que parece que sólo hace films en los que tenga que disfrazarse, de esos de época o fantásticos, y en plan cameo-discreto Ariadna Gil (la perra que se zumba Viggo).
Los temas de los westerns son más bien escasos, más que nada porque no hay más; pistolas, sheriffs, bailarinas y putas, el bar-saloon tipo Port Aventura, whiskey, machitos y cosas del estilo. La historia de este film, pues, se mueve en esos baremos, pero la hace como una gimnasta sobre el tapete, con delicadeza. Probablemente sea mérito del contenido Ed Harris, de la música no molesta y del desierto que refleja, con su viento y arena y esa bola de mierda típica del Oeste (protagonista en El Gran Lebowski).
Pese a que no llega a las dos horas, debo decir que se hace un poco pelmazo, si no fuera porque esperaba verle las tetillas a la rubia o el ascenso de Mortensen al número uno en el último segundo.
Para los que añoran las del Oeste y aguantan sin reírse (hoy en día, por lo difícil de meterse en el papel) todo el metraje. Lo mejor: Viggo Mortensen. Lo peor: Renné Zellweger. Poco más…
Judíos y moros unidos contra el yugo del Imperio, quién lo diría…
Después de un largo impasse producto de cierto periodo oscuro (o frío mejor), regresa el mundo del cine a esta bitácora, amici miei;
el festival de cine de Manresa y su peste a cuero provinciano queda lejos, tanto como la acreditación que nos dieron (“dónde andará”)…
Ben-Hur. Judah Ben-Hur, ese gran hombre. Qué gran película, joder… ¿Qué sería de unas navidades sin Charlton Heston? Los Diez Mandamientos y Ben-Hur nunca me fallan en esas épocas, y siempre logro mantener esa misma emoción desadultizada como si fuera la primera vez y oyera a mi madre desde mi habitación, mientras hacía la comida, y Rambo pegaba sus tiros desobedeciendo órdenes (mira que decirle a Johhny que sólo tenía que sacar fotografías de la zona en conflicto…), o el mismísimo Dios se le aparecía al Mesías, que bajaba del monte 30 años más viejo, con una flipada encima del carajo y esa mirada perdida tipo “Martyrs”… Alabado sea el Señor.
Charlton Heston es un mito del cine. No es que uno crezca con él (como con Stallone), es que, simplemente, siempre ha estado ahí. Lamentablemente ha pasado a la historia como el viejo chocho racista, casi fusil en mano, que entrevista el cabrón aprovechado de Michael Moore en su famoso documental, “Bowling for Columbine”. El tío ya ni sabía lo que decía; aunque sea cierto que su ideología era más bien discutible, no se le puede hacer una faena así a un tipo como ese. Es americano de los de azules vs grises, norte-sur, esclavismo o libertad, y ya sabes de qué grupo haría recolectas. De todas formas, Moore sólo consigue sacarle los colores por una decena de años a lo sumo, ya que la increíble trayectoria cinematográfica del ser en cuestión, a la larga tiene que sustituir -o relevar a la categoría de simple anécdota- su más que discutible proceder como ser mundano y terrenal. Si no que se metan con John Wayne, que seguro que encuentran mucha más mierda…
Sí, porque el cine tiene que superar o apositar esas barreras; “apositar” de apósitos, aunque si pasara por encima del tema de los judíos y su eterna reclamación de la tierra prometida, más de un disgusto te llevaría;
de ahí al principio: judíos y moros unidos contra el poderoso Imperio Romano, es el comentario del sultán o jefe árabe (desconozco el término y no lo recuerdo) que le da las riendas de sus magníficos caballos blancos a Judah, para llevar a cabo éste su venganza contra Messala, el nazi de la peli (un apasionado Stephen Boyd). Y así le damos una patada al convulso mundo actual, en el que los judíos se han convertido en el Imperio y los moros siguen siendo… moros (sin risa, pero es que lo de los proyectiles Qassam no tiene nombre).
Dejando de lado estas memeces, quiero pasearme por otras mejores y más cotillas aún; el momento de amor gay entre Ben-Hur y Messala. Digo “amor gay” para que quede claro eh, sin segundas líneas como lo del gordo Moore o lo de los moros. El reencuentro, las lanzas unidas donde se cruzan las tablas, y la contrariedad del contexto (a lo Brokeback Mountain), hacen de ese evidente amor un imposible; no puedo estar contigo porque yo soy judío y tú, romano imperialista de mierda, ocupas mi país, y esto nunca podría llegar a buen puerto porque Romeo y Julieta es muy, muy posterior… Messala es el macho (el que dirige) en esa relación, mientras que Ben-Hur es el que se deja, el pasivo. Las circunstancias harán que el tontín supla su pasividad apelando al orgullo de su pueblo y en honor a una venganza merecida por el triste final de su madre y hermana, y probablemente también por ese amor fallido como grieta inconcebible, todo unido en la figura de una misma persona, Messala. Éste combina un papel de malo malote amargado brutal, culminado con la escena final de la carrera de aurigas, vestido totalmente de negro y con un carruaje (o carro) traicionero a más no poder.
Y si Dios maquina, Jesús tiene su hueco de esplendor y máximo subidón en un par de escenas; nunca se le ve la cara -esto me gusta-, y es más en la primera que en lo último; en la primera le da agua al recién condenado a galeras Ben-Hur. Esto siempre me ha puesto la carne de gallina, es una imagen de pura bondad. La segunda aparición del hijo de Dios va ganando enteros a medida que la peli no sabe encontrar su final: ahí es ya “su” película, cuando Judah ya tiene su venganza (y parecía que pasaba del mismísimo hijo de Dios y de todo en lo que respecta al momento histórico que estaba viviendo) y William Wyler se hace la picha un lío (estaba de moda el tema con Los Diez Mandamientos y otras superproducciones de finales de los 50).
Para acabar y si Dios quiere y no se ha enfadado aún (aunque a lo mejor con lo de los autobuses paganos ya tiene bastante), destaca en la épica Jack Hawkins, tribuno de Roma y salvador de Ben-Hur. Lástima que lo diluyen por ahí en el extenso metraje (que sí, sobra, sobra), porque es de lo mejor. Él y los primeros planos de las chicas, con esa megailuminación típica de la época dorada de Hollywood, la aparición como si nada del Rey Mago Baltazhar caminando por ahí como dice mi amigo Saúl, o el exabrupto racista del soldado romano en las termes (momento ultragay) hacia los árabes (con la posterior mirada asesina de uno del cortejo del jeque o reyezuelo o como se llame), apostando por Messala en la carrera de cuádrigas.
En suma, un film majestuoso para no perderse y disfrutar del gran Charlton Heston, el actor, y sus conexiones con el más allá cristiano; lo peor: el final. No sabe dónde va y se pierde en dogmatismos y flipadas católicas (imagino que acorde con la época, como decía antes). Lo mejor: Charlton Heston. Messala-Boyd, grande, grande. Su duelo, su amor, su triste final. La primera aparición de Jesús, dándole agua al judío. La música, que envuelve toda la peli en una áurea mística, que ya hace que sean 50 los años que hace que la podamos disfrutar.
El primer día del festival prometía, como decía en la presentación, y la verdad es que le fue a la zaga. Gomorra, el polémico film de Matteo Garrone, abría el certamen con la sala a reventar. La flor y nata de Manresa estaba en el Atlántida, los viejos pudientes y las chaquetas de cuero de los querientes también (¿se pusieron todos los pijos de acuerdo para llevarlas?). El ambiente daba bastante asco, pero en una ciudad como esta tampoco había que esperar mucho (pasear por la playa como en Sitges no desde luego, ni tenderetes con merchandising de todo tipo por todos lados tampoco).
Camorra. La mafia de Napoli. Organizada horizontalmente, se rige por un sistema violento y callejero que nada tiene que ver con el familiar-vertical de Cosa Nostra. La ley del más fuerte. En los últimos 30 años ha habido 4,000 asesinatos, con el índice de criminalidad más alto del mundo. A la sombra mediática de sus vecinos del sur, la Camorra salió a la palestra en 2006 con el libro de Roberto Saviano que también da título al film de Garrone. Gomorra retrataba con todo lujo de detalles el “sistema” (como ellos mismos se hacen llamar) existente a Napoli, cosa que le valió una condena de muerte. El joven escritor napoletano seguía viviendo en su ciudad aunque con escoltas, pero el estreno del film sobre su obra (en el que se ha implicado de lleno) ha magnificado todo y ha tenido que huir definitivamente de la Campania.
Rodada en uno de los barrios más chungos de la ciudad (Scampia), el mayor punto de venta de droga a cielo abierto del mundo entero, una peli así no podía renegar de un estilo directo y casi de documental cámara en mano. Ya sólo por eso merece la pena, puesto que mete al espectador de lleno en el ambiente italiano del sur por excelencia. Las poses, miradas, los chavales quillos y aspirantes a camorristas… todo. Si has estado en el sur de Italia alguna vez sabes de lo que hablo. Gestos exagerados, gente sentada sin hacer nada, gritos entre vecinos, claxons por doquier, 3 en moto y hasta 4… la lista es interminable.
Todo en un film que entremezcla 5 historias con la organización camorrista como hilo conductor. La gente en la sala se reía en algunas escenas divertidas, pero no tiene ni puta gracia, la verdad. Almenos no era ese el tono pretendido, de eso estoy seguro. Hablamos de un sistema criminal que factura 30,000 millones de euros al año en actividades ilícitas de todo tipo. Un sistema que corrompe a familias enteras y maniata a otras muchas en una zona olvidada por el estado y dejada de la mano de Dios. El desconocimiento y la lejanía produce esos efectos, aunque el propio director no se aleja demasiado de esas visiones; como él mismo ha dicho ya en multitud de ocasiones, él plantea una situación, unos hechos, en un contexto. Lo demás corre a nuestra a cuenta. Esa zona gris entre el bien y el mal, leo que dice, ahí dónde Saviano empieza el libro, que es en la primera línea. Es la principal diferencia con la obra originaria. Saviano va a saco y Garrone no se atreve. Ideológicamente no hay marcha atrás, pero el regista se limita a decir lo que hay sin tomar partido. No me parece mal, la verdad, sobretodo teniendo en cuenta el libro, que es acojonante. Bueno, no me parece reprochable, pero si una postura cómoda (con matices).
Como anécdota, los dos chavales del principio del film, haciendo el tonto en casa de un antiguo capo que se hizo un palacete (real) calcado al de Tony Montana-Al Pacino en Scarface, al grito de “il mondo è mio!” y “sono Tony Montana”… Cuando vi la piscina (vacía), donde se apalanca uno de los dos, me percaté enseguida. Aquí queda claro el poder de la ficción en la vida real, y no al revés. Los mafiosos reales quieren ser como los de las pelis; un ejemplo claro también vendría con los secuaces de Los Soprano y sus constantes referencias a El Padrino. Es evidente que un creador no debe depurar responsabilidades al respecto, pero del mismo modo también es cosa clara que una cosa afecta a la otra y cuando no al revés. ¿Cómo pararlo? ¿Dónde está el límite? Entre realidad y fiction. En el medio, en esa zona gris que decía el mismo director, situamos esta obra, y ahí radica su mayor logro (sabiendo lo que hay). El arte por el arte, todo lo demás aparte. Complicado, porque dónde no llega el Estado… lastra lo reinado.
Por último, destacar el uso del italiano mezclado con el dialecto napoletano, una jodida maraña ininteligible de la ostia, pero muy muy curiosa y recomendable. Nada de doblajes en esta cinta, hazme caso, aunque se te acabe haciendo pesada. Así verás de verdad como son por el sur de Italia…
Manresa es nuestra ciudad de origen (dicen que ya bordeamos los 80,000 habitantes) y el lugar en el que empezamos a ver pelis fuera de casa, sobretodo en el Atlántida, cine mítico y todo un dinosaurio que se resiste a caer. Era el único cine que teníamos hasta hace unos años, cuando de repente nos invadió la fiebre de los mega-centros comerciales con todo incluído, salas dolby surround a toda castaña y palomitas mil. El Bages Centre acercó a las masas y dejó a los cinéfilos el Atlántida, y eso siempre lo hemos agradecido. Pese a que siempre acabábamos rezando para que una de las 4 salas albergara la esperada peli, no se pueden olvidar las noches de invierno entre semana; noches en las que estábamos completamente solos, o como mucho con un viejo por ahí o Manel Estiarte, por decir algo.
Por suerte aún nos pasa, y a eso no se puede renunciar pese a que hayamos ampliado horizontes y ciudades de adopción nos hayan acogido.
Con todo, siempre encontramos un hueco para pasarnos por el festival de cine negro de nuestra city. Últimamente estaba de capa caída, si en cuanto a famosillos que vienen nos referimos, pero la programación nunca ha estado mal. Este año tenemos un principio fulgurante con Gomorra, de Matteo Garrone. Basada en el libro de Roberto Saviano, promete ser uno de los platos fuertes del fecinema. La Camorra en todo su esplendor, pero ya hablaremos de eso en su debido momento…
Luego pelis de Ed Harris (con Viggo Mortensen pintas buenas y este gran viejo también), Traitor con Guy Pearce, Winterbottom y alguna cosilla local-estatal a escudriñar (¿Gerardo Herrero & Carmen Maura?). Secciones: Oficial Cinema Negre, con IlDivo, sobre los mamoneos de Andreotti también promete, sobretodo para los apasionados gomorrianos del Belpaese, junto a Anamorph, con Willem Dafoe entre otros; Pantalla d’Actualitat (Appaloosa de Ed Harris, Génova de Winterbottom o Traitor), Cinema Fantàstic (restos de Sitges), Cinema Negre Català (para dar una oportunidad) y los cortos de todo festival que se precie: seguro que encontramos alguna perlilla.
Raro, pero sólo hay una peli china en todo el cartel. Espai Placidoscope para revisionar cintas o la cara del recientemente fallecido Paul Newman y el sempiterno Julio Fernández dando vueltas por ahí, como siempre. Este año le pregunto por el Capitán Trueno, a ver cuando cojones se tira p’alante el proyecto…
Nos vemos por el Atlántida y a lo largo del Paseo (parece que Kursaal incluído), y si quieres más datos y eres chica, esta noche, después de Gomorra, un servidor y Pasquin cenarán un bocadillo en Las Vegas. Dos tíos con barba en la barra no pasan desapercibidos…
Tienes hasta el domingo 16 para pasarte por aquí. Tampoco esperes mucho porque tampoco es esa la intención ni los medios de los que disponen los organizadores, pero echar un vistazo y pasear por Manresa estos días mola (eso sí, 15º la máxima y 2º la mínima), y seguro que algo bueno podemos llegar a ver;
buen festival, y no te acojones por el frío ni te eches p’atrás por el escaso eco que tenga el certamen,